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Full text of "Fausto Garay: un caudillo"

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UN CAUDILLO 








r 

\ 

l * EDICIONES 

NUEVA AMERICA 


NUESTRO PROPOSITO 

Por la libertad del 
espíritu sin la cual no 
hay verdadera libertad. 

Actitud combatiente, 
por una América au¬ 
téntica incorporada al 
mundo por los caminos 
de la fraternidad y la 
justicia. 

Contribuyendo a cre¬ 
ar la conciencia de quie¬ 
nes somos, para saber 
hacia donde vamos. 

Buscamos para nues¬ 
tros libros las manos 
del pueblo, modelado¬ 
ras de todo progreso y 
grandeza humanos. 



Dirección y 
Administración 
Durazno 1748 













JUSTINO ZAVALA M U N I Z é 'a 


Fausto Garay - Un Caudillo 

'''illlllllM 

Casa de las Crónicas , 

Bañado de Medina . % 

Verano de 1940. 



EDITORIAL NUEVA AMERICA 


MONTEVIDEO 









ESTUDIO AUDITORIO 


TEMPORADA OFICIAL 1942 


LA COMEDIA NACIONAL 

DIRECTOR: Carlos Calderón de la Barca 

Miércoles 15 de Abril a la Hora 21 

GRAN ACONTECIMIENTO 

ESTRENO 

Fausto (iara y -Un Caudillo 

Tres acto* del prestigioso escritor JUSTINO ZAVALA MUN1Z 
REPARTO (por orden de aparición) 


Loreta . MATILDE RIVERA 

Agustina . CARMEN CASNELL 

Carmen . MARIA LUISA ROBLEDO 

Margarita . DELFY DE ORTEGA 

Mansilla . DOMINGO MANIA 

Desertor . LUIS PEREZ AGUIRRE 

Cornelio . VICTOR BARRUECO 

Fernando . LUIS A. OTERO 

Fausto . EDUARDO CUITIÑO 

Jorge . CARLOS TOLVE 

Calixto . RUPERTO CASTRO 

Eduviges . PEDRO ALEANDRO 

Demetrio . LUIS NEGRO 

Máximo . FRANCISCO VAZQUEZ 

Payador 19 . ARMANDO PAREDES 

Payador 29 . ENRIQUE C.UARNERO 

Domador . RUPERTO CASTRO 

Martin . ALBERTO RODRIGUEZ 

Ombú . PEDRO ALEANDRO 

Colinas . DELFY DE ORTEGA 

Nube . ELBA MANIA 


Raúl Pampin, Apuntador. — Alberto Rodrigues, Traspunte. — 
Antonio Brucella, Maquinista. 
ESCENOGRAFIA: ARIEL SEVERINO 


programa del estreno 








































T' 


Dedicatoria 

Al recuerdo de mi Madre. 

En su luz tierna y heroica 
evoqué estas vidas. 










ACTO PRIMERO 







1 


0 






\\ 




Eduardo Cuitiño en Fausto Garay 


% 









» 


40 

































































































































ACTO PRIMERO 


Patio interior de una vieja estancia del Uruguay. Al 
fondo, una larga pared blanca en la que se abre la amplitud 
de la puerta del zaguán; y a derecha e izquierda de ésta, 
dos altas ventanas practicables. En el alféizar de ambas, 
tiestos con flores campesinas. Coronando el techo de rojas 
tejas, un altillo cuyo balcón hacia el patio es tan ancho 
como para que en él puedan estarse dos personas. A la 
derecha se alzan, entre amplios espacios, tres gruesas co¬ 
lumnas blanqueadas sobre las que se sostiene el techo del 
galpón. Una achatada construcción de techo de teja, en la 
que se alinean la cocina, despensa y cuarto en que vive 
la sirvienta —todos con puerta de madera y practicables—, 
recuadra el patio por el lado izquierdo. Entre las esquinas 
de las construcciones, espacios por los que se asoma la 
grandeza del cielo y de los campos vacíos y silenciosos. En 
el centro de la escena, un aljibe de azulejos. Hada la iz¬ 
quierda, un paraíso da sombra a un banco de piedras ro¬ 
sadas. Desde la lejanía se está acercando un morado atar¬ 
decer de otoño que irá extendiendo, a medida que la acción 
transcurra, azuladas sombras de la noche llegando. 

ESCENA PRIMERA 

(Sobre una pequeña mesa colocada entre la puerta de la 
cocina y la despensa, LORETA se ocupa en cortar la 
carne para la cena aprovechando la incierta luz de la 
tarde. Es una mujer pequeña, gruesa, de anchas caderas 
y senos vastos. 8u piel curtida por los soles , arrugada 
por los a?ios, tiene el tono cobrizo de la criolla por cuya 


— 13 — 








FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 



AGUSTINA. —- ¡Ah, claro; el pobre, tantos años, toda la 
vida acompañándolo... y ahora haberse quedado!... 

LORETA. — ¿Y qué iba a hacer? Si hubiera sido por mau¬ 
la, no digo nada. Pero que lo haiga dejao de compaña 
en esta casa, qué más orgullo? Cuando el cielo se parte 
en pedazos y la tormenta ciega al claro día con una 
noche incendiada de relámpagos, sobre qué árbol, sino 
el más alto, cái el rayo? 

AGUSTINA. — 

(Sentándose en el banco.) 

¡Ah, qué largo cansancio sin reposo, el de un peligro 
invisible y cercándonos! 

LORETA. — ¿Usté también oyó a los chajás? Parecía, 
talmente, que anduvieran entre ellos en el bañao. 

AGUSTINA. — Y los perros de la noche ladraban con la¬ 
dridos de miedo. 

LORETA. — ¿Serán los que ya vuelven? ¿Habrá terminao 
todo, mismo? 

AGUSTINA. — Desde que pasó lo de Los Talitas, todo ha 
vuelto a quedar en silencio. 

(Con desolación.) 

¿Qué será de los míos? 

LORETA. — Si ha concluido, como dicen, áura es cuando 
hay más que temer. Los deudos de alguno en cuyo pe¬ 
cho su lanza abrió roja puerta a la muerte, pueden, 
despechaos, querer vengarse en las mujeres antes de 
volver al pago. ¿No halla? 

AGUSTINA. — Su nombre nos protege como una lanza. Su 
prestigio forma escuadrones de sombras que rondan y 
defienden su casa. 

LORETA. — ¡Ah, sí!; pero un desalmao nunca falta... 

AGUSTINA. — Ni un justiciero. 

LORETA. — El campo es grande. 

AGUSTINA. — Siempre es más larga que sus distancias, 
la vida del que busca su justicia. Usted ve: entre nos¬ 
otros, se hereda el campo y el agravio. El nieto puede 
gastar la tierra que recibió del abuelo; mas no la me¬ 
moria de la ofensa heredada. 




— 14 — 








JUSTINO ZAVALA MUNIZ 




sangre corren mezcladas la del español y el indio. Re¬ 
posada la expresión de los ojos negros y los labios car¬ 
nosos, habla con voz humilde y lenta. No gana allí sueldo 
alguno pues no contrató nunca su trabajo. Generosa¬ 
mente fué acogida en aquellos patios . y con ánimo idén¬ 
tico cumple ella los domésticos quehaceres, siendo por 
las tareas que realiza, sirvienta; y por la amistad con 
que la tratan, compañera de las mujeres de la casa. Así, 
y aunque tiene sesenta años, que apenas si blanquean él 
lacio pelo negro anudado en un moño abundoso en la 
nuca, ella no recuerda desde cuándo su vida está 
unida a la estancia. Tal vez desde él principio de su 
raza; más allá de aquel abuelo que acompañó a FAUS¬ 
TO GARAY cuando en su mocedad éste cruzó los pri¬ 
meros rumbos de la guerra.) 

LORETA. — 

(Suspirando.) 

¡Ay, Dios mío!... 

(Por la puerta del zaguan sale AGUSTINA. Es baja; más 
bien delgada. Aureolada por el cabello totalmente en¬ 
canecido, su fisonomía es de una dulce franqueza. Los 
vientos de pación que han sacudido su alma, han humi¬ 
llado su voz y apagado el brillo de sus ojos negros. Sólo 
queda en ella con el frescor de la juventud, la ternura 
de sus manos hacendosas y ese andar nervioso con que 
siempre la encontró él sol al amanecer sobre sus patios, 
y la dejó al caer en las lejanías azules y calladas que la 
estancia vigila desde el alto cerro.) 

AGUSTINA. — ¿Volvió Mansilla, Loreta? 

LORETA. — 

(Bin dejar su trabajo.) 

Recién se sentía venir balando la majada cerro arriba. 

AGUSTINA. — 

(Desde una esquina de la casa avizora el horizonte yo 
oscurecida.) 

¿Se habrá encontrado con alguno?... ¡Demora tanto! 

LORETA. — Capaz. Aunque más seguro es que se haiga 
llegao hasta la pulpería. En cuanto puede, por cualis- 
quier hache se da un galope hasta allí. Ya que no pudo 
verla, se conforma con llenarse los oídos de historias y 
mentiras en la reja. 


15 — 






JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


LORETA. — 

(Con grave convicciónJ 

Así ha pasao, es verdá, tantas veces. Nuestro destino 
comienza en nuestros abuelos. Digo yo... 
AGUSTINA. — Y aunque se esconda o parezca que cambia 
en otros hechos, se alarga en nuestros nietos. 

LORETA. — Así es, mismo, doña Agustina. Aquí estoy yo 
no más, que vi a mi abuelo seguir al General, después 
a mi padre, y al pobre finao de mi marido, y áura le 
entregué mi muchacho. 

(Con orgullo.) 

¡Tantos le di y fueron muertos, y todavía tuve uno pa 
darle! F 

AGUSTINA. — 

(Sonriendo benévola). 

Tantos desaparecidos y siempre sobre el caballo un 
hombre, igual a aquéllos! No hay muerte que lo mate, 
ni miedo que lo esconda; más fuerte vive él sobre la 
tierra, que toda cosa. 

LORETA. -— ¡Ah, sí; el hombre siempre será el hombre... 
por más que lo aten! 

AGUSTINA. — Y nuestro corazón de angustia temblando 
por perderlo, y más queriéndolo cuanto más lo vemos 
galopar hacia el peligro y dejarnos envueltas en llanto. 

ESCENA SEGUNDA 

(En el balcón del altillo asoma CARMEN. Es cUta, de 
apretadas formas en que florece su juventud. El sol 
campesino no ha alcanzado a tostar el blanco iluminado 
de su rostro en el que la ternura y una dulce gravedad 
están acompañándose desde la frente espaciosa hasta el 
mentón agudo y firme. JSu voz como el ademán y el ges - 
to, tienen un seguro reposo detrás del cual se advierte 
el ánimo sereno con que piensa y vive.) 

CARMEN. — 

(Inclinándose para hablar a su madre). 

Mama, ¿quién anda en el cerro? 


16 - 






FAUSTO GARAY — UN CAUDILLO 


AGUSTINA. — 

(Incorporándose.) 

¿No será Mansilla? 

CARMEN. — Desde aquí he visto a las lecheras irse le¬ 
vantando y quedar atentas como si alguno pasara en¬ 
tre ellas. 

LORETA. — ¿No alcanzás a ver a nadie? 

CARMEN. — Desde la altura la nochecita ya confunde las 
sombras. Mire usted; puede ser que lo vea pasar contra 
el filo del horizonte. 

LORETA. — 

(Para hacer lo que le han indicado se asoma ál espacio 
entre la casa y su cuarto. Allí se agacha y observa a ras 
de tierra, mientras habla.) 

No alcanzo a distinguir nada. Sí... ahí se aleja el toro 
mugiendo por el cuesta abajo... El caballo ha hecho 
un círculo de galope en la soga. ¿Quién es que los pe¬ 
rros no ladran? 

(La angustia va creciendo en las voces.) 

CARMEN. — ¿Estará esperando la noche? 

AGUSTINA. — ¡Ay, que no sea un chasque de desgracia, 
que vacila y se detiene sin atreverse a golpear nuestro 
corazón con una espantosa noticia! 

CARMEN. — ¿Qué desdicha ha de traernos, Mama? ¿No 
dicen que ya terminó todo? 

AGUSTINA. — ¿Será cierto que todo acabó en Los Talitas? 
CARMEN. — 

(Intentando poner alegría de esperanza en la voz.) 
¡Allá gritan los teru-terus rumbo al bañado!... 
LORETA. — 

(Siempre mirando al campo.) 

Las lecheras vuelven a acostarse, una a una. 
AGUSTINA. — 

¡Ay, pobre corazón mío, que repites en mi pecho los 
galopes de la guerra que mi oído no siente!... 





JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


(CARMEN ha entrado a su cuarto para bajar al lado 
de la madre.) 

LORETA. — 

(Volviendo hacia donde AGUSTINA se ha callado en 
entristecido silencio.) 

No será nada; a lo mejor un picaro, no más, atrás de 
alguna oveja. 

(Consolándola.) 

¡Tantas ha visto el General, y siempre regresa pa con¬ 
tarlas! ... El destino le ha puesto a la muerte más lejos 
que la punta de su lanza. 

AGUSTINA. — Pero, ¿y mi hijo, Loreta? Ya es el último 
que nos queda. Cada vez que Fausto ha salido para 
el campo en armas, ha sido como un trágico sembrador 
de su sangre. Semilla a semilla, fué esparciendo bajo 
las lomas del país, un hijo tras otro. ¿Por qué no ha 
de volver ahora seguido sólo por el dolor de haber 
dejado al último, tendido cara al cielo? 

CARMEN. — 

(Abrazando la cabeza de su madre.) 

¿Por qué ha de ser así, Mama? Nadie lo ha dicho si¬ 
quiera. .. 

AGUSTINA. — Porque está escrito que él seguirá la dolo- 
rosa siembra, mientras le quede en las manos una se¬ 
milla de nuestra sangre, y en mis ojos agua de sufri¬ 
miento para llorarla. 

ESCENA TERCERA 

(Desde la penumbra del galpón avanza hasta la in¬ 
cierta claridad del patio MANS1LLA. Es una grave fi¬ 
gura silenciosa, que camina mirando hacia el suelo sobre 
el que se arrastran . más que pisan t los pies pesados por 
los años. Las botas , bombachas, camisa y pañuelo que 
lleva puestos, como el sombrero en la mano, son humil¬ 
des aunque cuidadosamente limpios. Tra^e una caldera 
en la mano, y va a llenarla de agua con el balde del 
aljibe.) 

CARMEN. — Mansilla... 

MANSILLA. — Señorita... 


— 18 





FAUSTO GARAY— UN CAUDILLO 


CARMEN. — ¿Usted no sintió andar a nadie entre las 
lecheras? 

MANSILLA. — ¿Cuándo? 

(Desde el espacio que dejan la casa y el galpón, se oye 
una voz. Es la de un hombre a quien los del patio no 

pueden ver.) 

DESERTOR. — 

(Suya es la voz.) 

¡Oh de casa!... ¡Ave María Purísima!... 

(Los del grupo alargan las miradas sorprendidos hacia 
donde se oyeran las palabras. Y mientras las mujeres 
se han inmovilizado, de pie y rígidas, MANSILLA 
avanza despaciosamente, con el sombrero ahora puesto 
y la mano libre oprimiendo en el cinto el revólver.) 

MANSILLA. — 

(Mientras anda.) 

¿Quién es? 

DESERTOR. — Gente de paz... Un poco de comer, por 
lástima. 

MANSILLA. — ¿Viene solo? 

DESERTOR. — Sí, señor. He caminao mucho... 
AGUSTINA. — Hágalo pasar, Mansilla... 

MANSILLA. — Alleguesé. 

DESERTOR. — 

(Con andar indeciso, recelosa la mirada, humilde el ges¬ 
to, asoma y se detiene entre la casa y el galpón. Calza 
botas; viste un gastado chiripá, poncho de verano , un 
arrugado pañuelo blanco que el sudor ha ennegrecido, y 
un viejo sombrero que ahora sostiene entre las manos a 
la altura del pecho. Es apenas un mozo de más de veinti¬ 
cinco años; trae los brazos desnudos hasta el codo * re¬ 
cogido el poncho sobre los hombros. Cubierto el tostado 
rostro por una enmarañada y renegrida barba. En todo 
él hay una fuerte sensación de derrota, que rnueve a 
lástima a quienes lo miran.) 

Con permiso... 

MANSILLA. — Entre no más. 

DESERTOR. — Buenas noches, señora. Disculpe si soy un 
introducido, y me presento en esta facha. Sólo el ham¬ 
bre ... 


— 19 











FAUSTO GARAY — UN CAUDILLO 


DESERTOR. — 

(Que no sabe a qué sentimientos atribuir aquellas pre¬ 
guntas precipitadas. Poniéndose de pie, ante la actitud 
de la muchacha.) 

No sé si ofendo a alguno... con que pido que me 
disculpen... 

AGUSTINA. — 

(Apenas si ha oído las últimas palabras.) 

¿Usted lo vió? ¿Lo conoce, lo oyó hablar? 

DESERTOR. — Sí señora, ¡cómo no!... Finalizando la no¬ 
che en que me levantaron, estábamos tendidos en el 
campo, con el caballo por la rienda. Usté miraba cuan¬ 
to la luna alumbraba, y sólo un hombre sobre el caballo 
al tranco, bordeando la columna. Cuando pasó al lado 
mi p un compañero medio dormido, dándose vuelta, 
dijo: ahí va Fausto Garay. 

(Pausa.) 

¡Qué hombre! Me ha quedao en el recuerdo, tan grande 
y tan grave como aquella noche en que lo vi pasar 
silencioso, clareándole la luna en la barba! 

MANSILLA. — 

(Sin poder reprimir su entusiasmo.) 

¡Y así es nomás!... 

LORETA. — 

(Con idéntico ánimo.) 

¡No han visto estos campos, ni cobijao los cielos varón 
más hombre que ése!... ¡Si parece hecho por ellos!... 

DESERTOR. — Así era, es verdad. 

(Apagando gravemente la voz.) 

¡Que en paz descanse! 

(Al oir la piadosa expresión, las voces de los otros son 
un coro de angustiosas preguntas.) 

AGUSTINA. — ¿Fausto? 

CARMEN. — ¿Qué quiere usted decir? 

LORETA. — ¿Por qué ha dicho eso? 


— 22 — 











JUSTINO ZAVALA MUNIZ 

MANSILLA. — ¿No miente su lengua? 

DESERTOR. — 

(Bajo el peso de las miradas y preguntas que lo acosan; 

desconcertado.) 

¿Cómo... qué dije? 

(Ahora comprende.) 

¡Ah... ésta es la casa!... ¡Ay, señoras, bien quisiera 
que mi boca mintiese lo que vieron mis ojos!... ¡Yo 
no quisiera ser en este patio, el chasque de la desgracia! 

AGUSTINA. — ¿Quién es usted?... ¿Forma de mi pena... 

voz de mi dolor?... 

CARMEN. — 

(Cogiendo en sus brazos a la madre envuelta en llantoJ 
¡Mama, Mama, acuérdese de todos sus años viendo pa¬ 
sar las revoluciones! ¿No ha conocido usted hombres de 
éstos, a los que el miedo de la guerra aventa por todos 
los rumbos de los campos lejanos, falsos mensajeros de 
desdicha? Si de él el corazón tembló en la hora del, 
combate, ¿quién jura por lo que vieron sus ojos y re¬ 
pite su boca? 

LORETA. — Doña Agustina, ¿por qué creer así a quien 
no se conoce? 

MANSILLA. — ¿Quién lo mandó con ese chasque? ¿No oye 
que está en la estancia de don Fausto Garay? 

(Con enojo apenas reprimido.) 

¿De dónde sale usté, en qué tierra se ha criao, que lo 
ignora? 

DESERTOR. — ¡Ah, sí señor... es así... y me mordería la 
lengua hasta cortármela, si todavía con eso pudiera ma¬ 
tar las palabras que ya están moviendo estos llantos! 
AGUSTINA. — 

(Esforzándose por serenarse y oír.) 

¿Acaso usted lo vió pasar entre el llanto de sus paisa¬ 
nos, tendido sobre cuatro lanzas? 

CARMEN. — ¿Por qué ha dicho que él cayó en Los Talitas? 
¿Lo vieron sus ojos? 



I 


— 23 — 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


AGUSTINA. — Sea bienvenido en esta casa. 

DESERTOR. — Gracias, señora. ¡He caminao mucho!... 

MANSILLA. — 

(Que ha entrado al galpón y vuelve con un pequeño han - 
co que coloca junto a la columna del centro y lo ofrece 
al DESERTOR.) 

Sirvasé de asiento. ¿Tomó mate? 

DESERTOR. — 

(Sentándose lentamente.) 

Muchas gracias. No señor, no he tomao hace días. 
MANSILLA. — 

(Haciendo lo que dice.) 

Voy a traer uno. 

AGUSTINA. — 

(Ha vuelto a sentarse en el hanco y desde alli habla.) 
¿Viene de adentro? 

DESERTOR. — Sí, señora; del Sur. 

AGUSTINA. — Entonces habrá oído algo de la guerra. ¿Es 
cierto que terminó? 

DESERTOR. — Yo vengo de ella. 

(Pausa.) 

¡Qué cansancio y miseria! 

AGUSTINA. — ¡Ay, sí!; pocos son los que salen para ella 
y regresan con la misma alegría. 

DESERTOR. — Yo no fui, señora; me llevaron. 

(PausaJ 

Yo no era hombre de guerra. ¿Por qué me llevaron? 
AGUSTINA. — Cuando unos pelean por lo de todos, es 
justo que todos peleen. ¿Estuvo en algún combate? 
DESERTOR. — Estar, estuve. 

(Intentando desviar el diálogo.) 

¡Va seco este tiempo: los campos están que arden!... 
Camina uno todo el día y en las zanjas no halla ni una 
sed de agua. 

LORETA. — En una de esas, usté estuvo en Los Talitas. 
Dicen que allí fué donde concluyó todo. 


— 20 — 





FAUSTO GARAY — UN CAUDILLO 


MANSILLA. — 

(Que ha llegado con él mate y un banco. Al tiempo de 
sentarse próximo al DESERTOR y ofrecerle el mate.) 

Sírvase. 

DESERTOR. — 

(Como si no hubiera oído a LORETA. Tomando el ma¬ 
te.) 

Voy a aceptarle. 

CARMEN. — 

(En un tono que expresa su enérgica decisión de hacer 
hablar al hombre.) 

¿Dijo que había estado en Los Talitas? 

DESERTOR. — 

(Sin dejar de mirar el mate que sorbe.) 

No dije; pero estuve, sí señorita... 

AGUSTINA. — 

(Sin disimular su impaciencia.) 

¿Con qué gente? 

DESERTOR. — 

(Siempre eludiendo la clara respuesta.) 

Con un comandante que le llamaban el Colla. 
CARMEN. — ¿Pero quién era el jefe? 

DESERTOR. — Ese era el mío 

(Alcanzando él mate a MANSILLA.) 

Está muy bueno. 

CARMEN. — Yo le pregunto quién era su General. 
DESERTOR. — El que nos mandaba, Fausto Garay. 
AGUSTINA. — 

(Con creciente angustia.) 

¿Fausto? 

CARMEN. — 

(Sin dominar ya su impaciencia, toma al hombre de los 
hombros y asi lo sacude mientras dice con imperativa 
voz.) 

¿Usted fué soldado suyo? ¡Hable de una vez, maula! 


21 — 










JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


DESERTOR.— 

(Apaga su lenta vos, intentando hacer menos tremendas 
las palabras.) 

/Ay, señoras; si no fuera él tan alto y tan guapo, yo 
no estaría ahora en este patio bajo la pena de mis pro¬ 
pias palabras! Pero él estaba sobre el camino, en la cur¬ 
va más alta de la pelea, y todos lo veíamos; los escua¬ 
drones que pasaron galopando a su lado y se tendieron 
en círculo delante de su caballo, y los que asomaban 
en el redondel de los cerros que nos cercaban y desde 
allí le hacían fuego, primero que a nadie. 

MANSILLA. — ¿Usté estaba cerca, pa verlo? 

DESERTOR. — Tan cerca, que oía su voz entre los disparos. 
/Ah... mirándolo, nadie creería en el peligro!... Tal 
me dijo un compañero mostrándomelo: Fíjate; la vida 
y la muerte, parecen poquita cosa a su lado. 

LORETA. — ¿Cómo fué, entonces? 

AGUSTINA. — ¡Ay, Fausto, creías a tu coraje más fuerte 
que el destino... y lo tentabas!... 

DESERTOR. — Sí, señora; y aquel era el día que estaba 
escrito. 

CARMEN. — Pero cuente, diga de una vez, ¿qué fué lo 
que vió? 

DESERTOR. — Vi, de pronto, un galopar de lanceros que 
salían de atrás de una cuchilla. Tapaban el camino, las 
laderas, el cañadón. Entre los remolinos de polvo que 
alzaban, sus lanzas sólo eran puntas de luz sobre las 
cabezas, agujereando el cielo. Temblaba la tierra bajo 
mi vientre, y en los oídos el retumbar de los caballos, 
sus relinchos, el griterío de los hombres, unos matando, 
otros cayendo, y la terrible voz alegre del clarín como 
espoleando el galope, avivando los gritos! 

MANSILLA. — ¡Como en Las Rengas! 

LORETA. — / Y en Corralito! 

AGUSTINA. — 

(Agobiada por las palabras del narrador.) 

/Ay, Fausto, Fausto Garay mi lancero; así querías que 
fuese tu última tarde!... 


— 24 — 












FAUSTO GARAY-UN CAUDILLO 


DESERTOR. — ...Y vi, de atrás nuestro correr por las 
laderas ¡cuarenta lanceros contra aquellos que ya pi¬ 
saban sobre nosotros!... Y Don Fausto Garay puntean¬ 
do aquel grupo. Queriéndolo guardar, un mozo alto, 
de facón en la mano, sobre un caballo... 

AGUSTINA. — ¡Fernando, hijo mío!... 

CARMEN. — 

(Al mismo tiempo que su madreJ 
¡Fernando, ese era!... 

DESERTOR. — Y también, corriendo para alcanzar al jefe, 
un indiecito, sable en mano... 

MANSILLA. — ¡Siempre un Mansilla! 

LORETA. — ¡Tu hijo, indio! 

MANSILLA. — 

(Con dramático y viril orgullo.) 

¿Quién más? 

CARMEN. — ¿Y después? 

DESERTOR. — Después... Pareció que no se peleaba si no 
en aquel entrevero sobre la altura. 

(Apagando aún más la voz.) 

¡Fué tan rápido todo!... Uno volvió corriendo, y des¬ 
pués otro, y varios... todos gritando lo mismo. 

MANSILLA. — ¿Mas qué gritaban? 

AGUSTINA. — 

(Otra vez dejando estallar su llanto.) 

¡Lo de mi Fausto, Mansilla! ¿Para qué oír más nuestra 
propia desgracia? 

CARMEN. — Serénese, Mama; todavía no sabemos nada 
cierto. 

AGUSTINA. — ¡Ay, hija mía, cayó en un entrevero viendo 
sólo sangre, chorreantes heridas!... ¡Y ni tú ni yo para 
decirle una palabra tierna, darle un tranquilo beso de 
descanso!... ¡Ah, él y Fernando; los dos como el des¬ 
venturado Basilio, pobrecito, en la otra!... ¿Qué nos 
queda ya, si no colgar cruces de crespón en las puertas 


— 25 — 




JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


de la estancia y llorar todo el tiempo que el agua y los 
soles demoren en voltearlas, en pedacitos? ¡Todo ese 
tiempo, y el de toda la vida! 

CARMEN. — 

(Toma a su madre dulcemente, y así la hace ir hasta 
entrar en el zaguán.) 

Vamos, no se desespere así, sin motivo. ¿Acaso este 
hombre lo vió caer? 

AGUSTINA. — 

(Dejándose conducir, mas sin atender a las palabras de 
su hija.) 

¡Y él no era sólo un guerrero, no! ¡El era tu padre, el 
de tus hermanos, que todos los dió al país; era mi es¬ 
poso!... ¡Pobrecito!... ¡tanto quería a su casa, la 
paz de estos patios, y nunca lo dejaron largo tiempo 
sin llamarlo a la guerra!... ¡Tanto quería a la vida, 
y vivió cercado por la muerte!... ¡Yo sé cómo era tier¬ 
no y bueno! ¿Por qué cayó así, sólo oyendo el ruido 
espantoso de la rabia? 

CARMEN. — Tal vez sólo haya sido herido, y en el entre¬ 
vero han creído lo otro. 

AGUSTINA. — 

(Cuando ambas ya van a perderse.) 

¡Ah, Fausto Garay el lancero; si me oyeras te avergon¬ 
zaría este llanto!... Pero no soy más que una pobre 
mujer, de callado corazón para que a tu lado ni mis 
penas fueran sombra de flaqueza en tu coraje. ¡Ahora 
puedo llorar todas mis lágrimas, Fausto Garay!... 

ESCENA CUARTA 

(MAN8ILLA y el DESERTOR han vuelto a sentarse en 
silencio, y sorben él mate mientras se observan por de¬ 
bajo del a la del sombrero. LORETA ha entrado a la 
cocina de donde volverá, cuando la acción lo indique, 
trayendo un plato de comida para el huésped.) 

MANSILLA. — 

(Con marcada incredulidad.) 

¿Pero usté vió, mesmo, morir al General? 


— 26 — 








FAUSTO GARAY-UN CAUDILLO 


DESERTOR. — 

(Intentando eludir la respuesta.) 

Poca suerte, amigo, haber llegao a esta casa... 
MANSILLA. — 

(Como consigo mismo.) 

No... porque yo he conocido algunos cuyos ojos en¬ 
durecidos de espanto lo miraron entrar en los furiosos 
remolinos de los entreveros, y no tuvieron corazón para 
acompañarlo hasta verlo salir en la otra orilla de la 
muerte, por la retaguardia enemiga. 

(Pausa.) 

¿Usté dice que con él iba un indiecito? ¿Habrá cáido, 
también? 

DESERTOR. — Así, claro.. . tanto como ver caer al indie¬ 
cito. .. Usté comprende que en un entrevero... 

MANSILLA. — Ah, seguro. ¿Quién se fija cuando mupre 
un pobre paisano oscuro y sin nombre? 

(Pausa.) 

El sí, nos recordaba; ¡uno a uno!... ¡Si áura esos labios 
se han callao pa siempre, ha enmudecido nuestra his¬ 
toria! ... 

(Pausa.) 

¿Quién podrá hacerla hablar de nuevo, y acreditar la 
verdá? 

DESERTOR. — Yo me he criao en el sur, entre campos la¬ 
brados. Cuando se habla de un caudillo de éstos, es 
como si no fuera hijo de mujer. Y uno se hace una idea 
de su cara, como de un bosque de tempestades. 

AGUSTINA. — 

(Su voz desde dentro.) 

¡Ay, Fausto... ya los atardeceres no serán nunca más 
la íntima y callada hora de tu regreso! Y sin embargo 
en la altura del cerro, mi corazón te aguardará en an¬ 
gustia ... y sólo sentirá llegarle el silencio vacío de la 


— 27 — 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


llanura y el cielo!. .. ¡Y en esta espera incansable, ya 
sólo me encontrará la muerte!... 

MANSILLA. — 

(Aludiendo a la voz.) 

Oiga cómo lo lloran las mujeres. 

(Pausa.) 

Allá, en su tierra, ¿no hay caudillos, no? 

DESERTOR. — No, no hay caudillos. Se nos cansaría el 
alma de tenerla así, como ustedes, siempre alerta pa la 
pelea. Porque sería como vivir pa la muerte. 

MANSILLA. — No crea, amigo, no crea. A nosotros tam¬ 
bién nos gusta la tranquilidá de un fogón de nochecita 
donde oír relaciones de cosas que han pasao, y los com¬ 
puestos de un cantor. Un rancho apartao y aseadito, 
con la patrona en él criándole los hijos y esperándolo 
siempre, sosegada y tranquila. No pedimos más, com¬ 
pañero. Cuestión es que nadie quiera embozalarnos 
esta libertá en que hemos nacido. Que entonces sí, nos 
alzamos y morimos. 

(Pausa.) 

Eso es; morimos por la vida. ¿Me comprende? Hacemos 
revoluciones, o nos volvemos matreros. 

DESERTOR. — ¡Si viera los sembrados que deshicieron los 
caballos de la guerra! ¡Es triste, ver así pisoteado el tra¬ 
bajo del hombre! 

MANSILLA. — ¡Ah, seguro!... 

(Caviloso.) 

Tal vez sea mejor el ser manso como usté dice... Mas, 
cuando llega la injusticia, ¿qué hace el hombre? 

LORETA. — 

(Atraviesa el patio enjugándose los ojos con el delantal, 
llevando el plato que ofrece al DESERTOR.) 

¡Ah... ah!... 

(Suspira largamente.) 


— 28 — 






FAUSTO GARAY— UN CAUDILLO 


Ya decía yo: esos fuegos del cielo que les dio por cáir 
estas noches... alguna cosa funesta anunciaban. 

(Extendiendo al DESERTOR la cena frugal.) 

Sirvasé, don. 

DESERTOR. — 

(Quitándose el sombrero que coloca en el suelo junto a 
él, y preparándose a comer la cena que le alcanzan A 
MANSILLAJ 

Muchas gracias por su mate. 

MANSILLA. — Buen provecho. 

DESERTOR. — 

(A LORETAJ 

A lo mejor, ya ni sé comer en plato. 

(Comienza a cenar.) 

Ahí tiene. 

(De nuevo se distrae en la cena.) 

LORETA. — ¿Y no conoció a un indiecito Vidal, en el 
ejército? 

DESERTOR. — 

(Queriendo recordar.) 

¿Vidal... indiecito Vidal?... No, no recuerdo. 
LORETA. — ¿No lo oyó nombrar, tampoco? Iba en la 

caballada 

DESERTOR. — No, nunca oí. 

LORETA. — Así que capaz que no haya cáido. 

DESERTOR. — Ojalá haya andao bien. 

LORETA. — ;Dios lo oiga! 

ESCENA QUINTA 

CARMEN. — 

(Asomada al balcón del altillo.) 

Mansilla, Mansilla... 

MANSILLA. — Ordéneme, aquí estoy. 

CARMEN. — 

(Con nerviosa voz.) 

Asómese, que ahí viene llegando uno al galope. 


— 29 — 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


(Las palabras de la joven han caldo sobre el patio y 
vuelto a alzar la impaciencia entre sus paredes que ya 
él anochecer ha ensombrecido. Así se aviva el paso de 
MANSILLA dirigiéndose hacia la esquina del galpón, 
mientras LORETA corre hacia el espacio entre la casa 
y su cuarto y desde allí mira nerviosamente al campo. 
EL DESERTOR ha dejado inconclusa la cena, se ha 
puesto de pie con aire de quien intenta orientar su 
huida y por fin se ha hundido cautelosamente en el 
hueco de sombras del galpón.) 

CORNELIO. — 

(Se oye la alegría de su voz desde una distancia aún 
lejana.) 

¡Mansilla!... ¡Oh, de casa!... ¡Doña Agustina... Car- 
mencita!... 

MANSILLA. — ¿Quién me llama? ¿Es Cornelio? 
CORNELIO. — Yo mismo. ¿Me reconociste? ¿Qué hacen 
tus perros que no ladran? ¿Así se guarda la estancia 
de Fausto Garay? 

LORETA. — 

(Corriendo en dirección a donde se oye la vozJ 
¡Te han reconocido, indio picaro! 

CARMEN. — 

(Saliendo al patio.) 

¿Quién está ahí? 

MANSILLA. — Cornelio, niña. 

CARMEN. — ¡Mama, ahí está Cornelio, y saluda alegre¬ 
mente! 

MANSILLA. — ¿Qué hacés que no llegás? Si no te para 
la pena, ¿por qué tan demorao? 

LORETA. — ¿Venís del ejército? 

CORNELIO. — 

(Su voz acercándose.) 

Vengo con él. 

CARMEN. — Y Tata? 

CORNELIO. — 

(Con ligero paso que olvida el cansancio de un año de 
guerra entra en el patio y tiende los brazos al viejo asis¬ 
tente. Desde las botas hasta el sombrero, todo en sus 


— 30 






FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 


o 


vestidos es huellas de los cruentos y agobiadores trabajos 
que ha pasado. Pero su juventud y alegría triicnfan so¬ 
bre la deshecha vejez de sus ropas. A MANSILLA, al 
tiempo de abrazarlo.) 

¡Casi te agarro durmiendo, indio! 

LORETA. — 

(Bromeando.) 

Dame un abrazo, alarife. Pero es como a un resucitao. 

(Mientras se abrazan.) 

Está visto; lo que no sirve... 

CORNELIO. — 

(Al ver a CARMEN se desprende de los brazos de LO¬ 
RETA y cambiando el alegre gesto , quítase el sombre - 
ro, y le extiende humilde y gravemente la manck) 

¿Cómo ha pasao, señorita? ¿Madrina, cómo se ha con¬ 
ser vao? 

CARMEN. — 

(Al estrecharle la mano. Con ansiosa curiosidadJ 
¿Dijo que venía del ejército? ¿Vió a Tata? 

CORNELIO. — El me mandó. 

CARMEN. — ¿El? 

(Como una sola voz de la esperanza.) 

MANSILLA. — ¿Don Fausto? 

LORETA. — ¿El General? 

CORNELIO. — Traigo un chasque pa la patrona. 

(La alegría va coreando las palabras.) 

CARMEN. — ¡Mama, Cornelio trae un chasque de Tata! 
LORETA. — ¡Patrona, aquí viene la alegría! 

MANSILLA. — ¡Aura dan ganas de llorar! 

AGUSTINA. — 

(Adelantándose hacia el grupo.) 

¡No mientas, Cornelio!... ¿Vive Fausto?... ¿Dónde lo 
dejaste? 

CORNELIO. — ¡Madrina! Al abrigo de la enramada mi ca¬ 
ballo todavía está temblando por el galope con que mi 




— 31 — 










JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


espuela lo trajo desde que el General me llamó pa 
decirme: “Indio, rumbeá pa la estancia. Dales aviso que 
llegaré esta noche, al nacer la luna”. 

AGUSTINA. — ¿Dónde estaban entonces? 

CORNELIO. — En el principio de esta tarde, ya mirando 
al Tacuarí. Cuando llegamos a las alturas que cierran 
el pago, él se adelantó solo y al tranco; se quedó un 
rato mirando estos campos suyos y blanquear en el 
fondo la estancia. De pronto, el rosillo alzó el pescuezo 
de revuelta clin en el aire, y su relincho fué un clarín 
de saludo a la querencia. Entonces fué que me llamó. 
AGUSTINA. — 

(Suspirando.) 

¡Ay, Dios mío!... Todavía me están quemando las lᬠ
grimas de mi dolor y ya tiene la boca el grito de mi 
alegría!... 

(Haciendo lo que anuncia, seguida de todos.) 

¡Sosténme, hija mía; siéntame, me flaquean estas viejas 
piernas!... ¡Yo no puedo ser como él, tieso de mocedad, 
mirando su casa desde el caballo relinchante! 

(CARMEN y LORETA la sostienen tiernamente y la 
ayudan a sentarse en el banco de piedra, en tanto 
MANSILLA se coloca a su espalda y CORNELIO la si¬ 
gue con lento y conmovido paso.) 

CARMEN. — ¡Serénese alegremente, pues ya va a salir la 
luna y en su claridad él verá las huellas de su llanto } 
LORETA. — 

(De pie, junto a MANSILLA) 

Doña Agustina; sosiegue ese mentiroso corazón que así 
la engañó. 

(Bromeando.) 

¿Quién le va a creer que es la compañera de un cau¬ 
dillo? 

AGUSTINA. — 

(Con nerviosa alegría que interrumpe con breves risas 
a su pensamiento.) 

Cuéntame, muchacho. ¿Viene sano? ¿No le cansa el 
caballo? Y Fernando, vuelve con él? 


— 32 — 







FRUSTO GARAY —UN CAUDILLO 

. 0 

CARMEN. — ¿Es dura la guerra, Cornelio? 

CORNELIO. — 

(Con entusiasmo orgulloso.) 

i Ay, niña; lástima es que termine cuando recién uno le 
va tomando el gustito! Vino demasiao pronto la 
victoria. 

AGUSTINA. — ¿Cómo pudieron decir entonces, que habían 
sido derrotados y él muerto? 

CORNELIO. — ¿Quién lo dijo? 

LORETA. — Un hombre que está ahí, en el galpón. 
MANSILLA. — F 

(Al tiempo que se dirige al galpón. Con gesto amena¬ 
zante .) 

;Ah, maula!... ¿Eso es lo que te enseñaron tus surcos? 
¿Dónde estás pa que te castigue esa lengua? 
AGUSTINA. — 

(Poniéndose 'nerviosamente de pie.) 

¿Pero qué hacemos aquí, atadas a los labios de este 
muchacho y mientras tanto la casa a oscuras, la cena 
fría, y Fausto ya vendrá pisando los campos de la es¬ 
tancia? 

(Intentando parecer serena.) 

Vamos, Loreta, avive el fuego que él ya llega. 
LORETA. — 

(Al tiempo de ir a hacer lo que le ordenan. A COR - 
NELIO.) 

¿Y mi muchacho, viene también? 

CORNELIO. — 

(Su palabra se vela por el piadoso disimulo con que elu¬ 
de una desoladora noticia.) 

El General va soltando a cada uno rumbo a su pago 
LORETA. — * S * 

(Ya entrando en la cocina.) 

¿Pero vos no lo viste? 

CORNELIO. — Me dijeron que andaba en una comisión. 

(LORETA vase del patio con aire preocupado , y a poco 
por la puerta de la cocina sale la roja luz del fogón que 
ella ha avivado.) 












JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


CAKMEN. — 

(En voz baja.) 

¿No viene el suyo? 

COBNELIO. — ¡Pobrecito... cayó antes de que atropellᬠ
ramos!. .. 

No tengo alma pa decírselo. 

AGUSTINA. — ¿Ves, hija mía? Así es siempre la vuelta de 
tu padre. Alegría y llanto son la vanguardia de su 
caballo, cuando regresa. 

CORNELIO. — Y mientras, ya vienen los payadores com¬ 
poniendo las décimas de sus hechos, y la música en que 
va a resonar su fama. 

AGUSTINA. — ;Pobre Loreta!... 

MANSILLA. — 

(Su voz desde el galpón.) 

¡Cornelio... Cornelio!... 

CORNELIO. — 

(Contestando a la voz.) 

¿Qué hay? 

MANSILLA. — 

(Siempre desde la distancia.) 

Córrete hasta el frente, y revisé por allí a ver si damos 
con ese picaro. Se nos ha juído. 

CORNELIO. — 

(Va precipitadamente a hacer lo que le indican.) 

Ya voy diendo. 

AGUSTINA. — 

(Mientras se aleja con CARMEN. A CORNELIO.) 

No le hagan daño; tal vez el pobre no quiso engañar. 
La guerra es así; desnuda a los hombres; y en el maula, 
i el miedo es cosa tan triste!... 

ESCENA SEXTA 

(La luna está saliendo por detrás del galpón. Y su 
luz empalidece las de la casa, extiende alargadas som¬ 
bras de los árboles y del aljibe en el patio, y blanquea 
con sosegado brillo sobre las alzadas paredes. En los 


— 34 — 






FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 


campos es un tenue sueño de paz que él mugido de los 
toros levanta , y comentan los tranquilos balidos de la¿ 
majadas. LO RETA vuelve al patio y se ocupa en los 
últimos preparativos de la cena. Está jubito a la mesa, 
de espaldas al galpón.) 

LORETA. — ¡Ay, don Fausto... si también ahora a su 
vuelta, del hombre que le entregué al salir, sólo me 
traerá un cuento heroico y triste! 

(Por él espacio entre el galpón y la casa, avanza grave¬ 
mente un hombre. Es una severa estampa de los gue¬ 
rreros gauchos. Bajo el sombrero, la barba renegrida; 
él oscuro pancho cae sobre él busto magro y erguido. 
Avanza con lentos pasos firmes. Es alto, de dura mi¬ 
rada. Es FERNANDO, el primogénito del caudillo. Atra¬ 
viesa lentamente el patio y va a llegar junto a LORE¬ 
TA, cuando ésta siente sus pasos y se vuelve hacia €1.) 

LORETA. — ¡Mayor Fernando!... ¡Dame un abrazo!... 

(Desprendiéndose de los brazos que apenas si rozaron 
sus hombros.) * 

¿Venís solo? 

FERNANDO. — Ahí quedó Eduviges en el guarda patio 
estaquiando un zorro. 

LORETA. — 

(Sin comprender la burla.) 

¿Un zorro? 

FERNANDO. — Pues sí, el Cuíco ése, capataz de los Mara- 
gatos. Ya que venía pasando y anoticiao de lo que han 
hecho con el ganao de la estancia, me allegué a bus¬ 
carlos. Pero los patrones me olieron en el aire. 

LORETA. — ¿Has visto? Ni una vaca de don Fausto ha 
quedao con ternero. Asustadas de la guerra en que 
andaba su dueño, seguro malparieron. Y decime, Fer¬ 
nando... ¿mi muchacho? 

FERNANDO. — ¿Tu muchacho? 

LORETA. — 

(Con temerosa inquietud.) 

Sí, ¿dónde lo dejaste? ¿Es verdá que me lo lastimaron? 
FERNANDO. — 

(Dudando entre decir la triste verdad m ocultarla.) 
¿Quién te lo dijo? 


35 — 





JUSTINO ZAVALA MÜNIZ 


AGUSTINA. — .. .pero a ti... 

FERNANDO. — Contesto como mi padre. 

AGUSTINA. — 

(Poniéndose de pie. Con amargo reproche.) 

¡Tú no lo quieres, hijo mío! 

FERNANDO. — Antes que lo cercaran las lanzas enemigas, 
mi sable las cortó. 

(Con severo orgullo.) 

Me mostró en Los Talitas un cerco de piedra y me dijo: 
“Allí está la muerte. Vaya a buscarla, si es un hombre”. 
Y fui, y en los ojos sólo llevaba los suyos mirándome. 
CARMEN. — 

(Se oye su voz acercándose por el espacio del fondo ha - 
cia la izquierda.) 

Aquí le traigo al matrero. Ahora para siempre quieto 
a su lado. 

AGUSTINA. — Ya voy, ya voy. ¿Te crées que no lo vi? 
FERNANDO. — 

(Se interpone en el camino de su madre, y, extendidas 
de nuevo las manos, habla mecamente.) 

Entonces hasta la vista. La bendición. 

AGUSTINA. — 

(La dolorosa sorpresa que aquella actitud pone en ella, 
detiene su paso.) 

¿Qué es esto? 

FERNANDO. — Que me voy. 

(Por el espacio de la derecha, entran CORNELIO y 
MANSILLA.) 

ESCENA SEPTIMA 

(AGUSTINA va a estrechar entre sus brazos abiertos e 
implorantes a su hijo, cuando del campo asoman FAUS - 
TO GARAY y CARMEN. Por debajo del sombrero la 
luna nimba de luz la breve melena y la barba rizosa 
que asi iluminan al rostro fuerte, amplio y sereno. El 
claro poncho de verano se pliega suavemente sobre el 
busto fornido y apenas roza las botas en cuyo pie brillan 
las espuelas plateadas. A su lado la presencia de CAR - 


— 38 — 













FAUSTO GARAY-UN CAUDILLO 


MEN con sus claros vestidos, es la alegría de la gracia 
apoyándose en la austera severidad del fuerte. Detrás 
suyo JORGE MANSILLA, su joven asistente, ha plan¬ 
tado la enhiesta raya oscura de la lanza, en cuyo eztre- 
mo puntea la Vuz de la noche. ¿Está en la noche, está 
en los ojos, en la contenida altivez con que se ha para¬ 
do, en el gesto o en la voz, el subyugante poder de esta 
presencia que inclina hacia ella las almas de los que 
están en el patio f Al sentir su cercanía, AGUSTINA, 
como en el vuelo cortado de un pájaro, ha detenido el 
ademán de abrazar a su hijo. Y ahora con los brazos 
abiertos, cada uno de ellos tendido hacia los hombres, 
voltea hacia atrás la cabeza, alzando el pecho anhelan¬ 
te, grita.) 

AGUSTINA. — ¡Fausto... Fernando!... 

FAUSTO. — Buenas noches. 

(Como un friso de oscurecidas figuras, se alinean frente 
al galpón MANSILLA , CORNELIO y LORETA. Ade¬ 
lantándose a ellos, está FERNANDO. Al oir las pala¬ 
bras del caudillo, en un mismo ademán simultáneo las 
respetuosas manos de los hombres abaten los sombre¬ 
ros que descubren las erguidas cabezas, mientras todos, % 
hombres y ellas, contestan en un lento y grave coro.) 

AGUSTINA. — 

FERNANDO. — 

MANSILLA. — Buenas noches. 

CORNELIO. — 

LORETA. — 

JORGE. — 

AGUSTINA. — 

(Yendo a caer en los brazos del esposoJ 

¡Cuánto te he esperado! 

FAUSTO. — Sí, hace tiempo que debía haber terminao. 
Esas cosas... 

(A su hija.) 

Ya vi, al pasar, su montecito de álamos. ¿No les hizo 
mucha seca? 

CARMEN. — 

(Mientra s anda alegremente al lado de su padre que va 
a sentarse en el banco.) 

Lo ha engañado la luz de la luna. Parecen así, en la 


— 39 — 




JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


LORETA. — No, no, no me lo dijeron; pero yo te pregunto. 

¿Está lastimao? ¿Pero sólo lastimao? Decime sin piedá. 
AGUSTINA. — 

(Ha oido la voz de su hijo y sale presurosa a estrecharlo 
en sus brazos.) 

¡Hijo mío... no te esperaba todavía! 

FERNANDO. — 

(Se adelanta a recibirla y extiende con ademán que su 
virilidad vuelve tosco, las manos juntas. Con voz grave.) 
La bendición, Mama. 

AGUSTINA. — 

(Roza tiernamente las rígidas manos de su hijo, mien - 
liras le saluda con brevísimo beso.) 

Dios te haga un santo. ¿Dónde dejaste a tu padre? 

FERNANDO. — Hace unos días que no lo veo. Desde que 
terminó todo. 

LORETA. — ¿Pero viste a mi muchacho después de Los 
Talitas? 

AGUSTINA. — ¿Por qué se separaron? ¿El te mandó ade¬ 
lante para que vinieras a decirme?... 

FERNANDO. — Tuvimos una alegación. 

CARMEN. — 

(Su voz desde el altillo) 

Sobre las sierras ya hay un firme resplandor de fuego. 
¡Venga, Mama!... Lo veremos llegar así, entre las ra¬ 
yas de las lanzas, estampado sobre la luna que va a 
alzarse en la cuchilla. 

AGUSTINA. — Voy, mi hija, voy en seguida. Aquí llegó 
tu hermano. 

CARMEN. — 

(Siempre su voz.) 

Buenas noches, Fernando. Ya bajo a abrazarte. Sí, 
no te enoja? 

FERNANDO. — 

(A Carmem.) 

Buenas noches, muchacha. Quédate no más; la ciudá 
te ha vuelto novelera. 

(A su madre.) 

Fuimos a peliar; peliamos y vencimos. ¿Cómo es que 
resultamos derrotaos? 


— 36 — 





FAUSTO GARAY—UN CAUDILLO 

. a 

AGUSTINA. — 

(Tomando de la mano tiernamente a su hijo y atra¬ 
yéndolo hacia el banco en que se sienta.) 

¡Ay, siéntate aquí!... explícame... 

FERNANDO. — 

(Intentando desasirse.) 

No, Mama* me voy pal Brasil; vine a eso, a despedirme 
y pedirle la bendición. 

AGUSTINA. — 

(Implorante.) 

Siéntate, siéntate aquí a esperarlo. ¿Qué sabe una? Pero 
él es Fausto Garay... toda una vida... Tú... 
FERNANDO. — El hombre, cada uno, abre sus huellas; que 
ningún otro, ni el padre ha pisao. 

LORETA. — ¿Ponemos los cubiertos pa Don Fausto? 
AGUSTINA. — 

(Torpe de inquietud se levanta y va de un lado a otro 
mientras habla.) 

¡Ay, sí; ya no sé lo que me hago!... , 

(Cogiendo la mano de su hijo y obligándolo a sentarse 
en el banco.) 

Espérame un momentito. Ya llega tu padre, y esta 
casa que no le aguardaba... 

(A CARMEN, gritándole.) 

Mi hija, arregle nuestro cuarto y encienda las luces, 
todas las luces, que no quede en ningún rincón de la 
casa, el recuerdo de este año que su ausencia llenó de 
tristeza. 

(Viendo pasar a LORETA qaie andará, de la cocina o la 
casa, ocupada en tender la mesa para la cena. Con acen¬ 
to entristecido.) 

¡Pobre china... el regreso de ustedes me hace olvidar 
que su hijo ya no volverá!... 

(Volviéndose hacia él, con la más tierna voz.) 
¡Quédate, Fernando! ¡Ay, a él nunca se lo pedí!... 
FERNANDO. — 

(Poniéndose de pie para huir del ruego que lo acosaJ 
Se lo habría negao. Y el trote de su caballo iría ten¬ 
diendo la distancia en que moriría su llanto. 











JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


clara noche, un escuadrón de lanceros que se estuvieran 
alineados, quietos y firmes... Pero, ¡ay!, muchos de 
eiios están muertos por Jas hormigas. 

JORGE. — 

fQue ha seguido al caudillo hasta que éste se ha sentado. 
Aludiendo a la lanza que aún conserva en la mano.) 

¿Qué hacemos con ella? 

FAUSTO. — Ponela por ahí. 

(A su mujer, con tierno afecto.) 

Siéntese, pues, y haga preparar un mate. 

CARMEN. — 

(Coge de manos de JORGE la lanza, y entra con ella al 
zaguán.) 

Démela, Jorge, que yo Ja llevo. 

(El asistente va a unirse al grupo de los paisanos, en 
donde lo reciben los brazos abiertos de su padre y la 
citarla afectuosa de los amigos. FERNANDO ha apo¬ 
yado un codo en el brocal del aljibe, y allí permanece 
con aire de cansancio y preocupación. LORETA va a ¡a 
cocina a preparar el mate.) 

AGUSTINA. — 

¿Te cansaste mucho esta vez? 

FAUSTO. — Ya pasó todo. ¿Cómo anduvo su casa? 

(Bromeando.) 

¿No Je faltó leña pa sus amasijos? 

AGUSTINA. — ¿Qué había de faltarme con Mansilla en 
casa? Y por las noches, como un perro echado ahí, en 
la puerta de nuestro cuarto. ¡Como si tú estuvieras 
adentro y él guardara tu sueño! 

FAUSTO. — Estaba usté, pues. ¿No le carniaron sus gua- 
chitos? 

(Acentuando el tono de su afecto.) 

Tiene cara de cansada. ¿En qué ha estao pensando? 
CARMEN. — 

(Vuelve y se sienta apenas en la punta del banco, al 
lado de su madre.) 

¿Y ahora ya no habrá ninguna otra, Tata? 

AGUSTINA. — Tu padre no sabe lo que has hecho en su 
ausencia... 


40 — 









FAUSTO GARAY—UN CAUDILLO 

. o 

CARMEN. — 

(Intentando callarla.) 

¡Cállese, Mama; ya se lo diremos luego!... 

FAUSTO. — 

(Con contenida jovialidad.) 

¿Alguna mala acción? 

CARMEN. — Nada, Tata. Bobadas de ella. 

FAUSTO. — ¿No será algún gaucho de esos que en estos 
tiempos quedan perdidos por los montes? 

CARMEN. — ¿Quién le dijo? 

FAUSTO. — Usté, mi hija. 

CARMEN. — 

(Sorprendida.) 

¿Yo? 

FAUSTO. — Pues sí, su apuro por callar a su madre. 

AGUSTINA. — ¡Qué ha de ser un gaucho! Tú sabes que se 
pasa en el altillo por no tratarlos. 

(Riendo.) 

El viento de la guerra trajo hasta aquí un pájaro can¬ 
sado ... 

FAUSTO. — ¿Y es bueno el mozo? ¿De dónde lo conoce? 

CARMEN. — Cuando yo estaba en el colegio, en Meló... 
¿Sabe?... 

(Ruborosa.) 

¡Bueno, qué también... esta señora!... 

(MANSILLA se ha acercado respetuosamente al tiem¬ 
po que LORETA viene, también , con el mate.) 

FAUSTO. — 

(A MANSILLA que se ha quedado a un paso suyo, con 
el sombrero en la mano y en el gesto la amorosa ad- 
miración.) 

Acércate, indio. Dame esa mano con que trajiste al 
mundo uno que no dejará olvidar tu sangre ni tu nom¬ 
bre. Ahí te lo devuelvo. 




— 41 — 






JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


MANSILLA. — 

(Extiende emocionado su mano humilde , mientras sus 
palabras se han vuelto torpes por la alegría que las del 
otro pusieron en ellas.) 

Sí, claro... qué gracia... con usté... merecería que lo 
degollaran si no... 

(Ríe casi entre dienten.) 

¡El destino del picaro... me sacó su lanza de las manos! 
/Aura habrá visto pa qué servía!... 

LORETA. — 

(Extendiendo la mano mientras con la otra ofrece él 
mate.) 

¿Cómo está, General? Sirvasé. 

FAUSTO. — 

(Estrechando la mano que le tienden.) 

¿Cómo te va, china? 

AGUSTINA. — 

(Queriendo evitar la triste pregunta que está en los ojos 
de LORETA, se pone de pie y le habla.) 

. Vamos nosotras a terminar de aprontar todo. Tú tam¬ 
bién, Carmen. Mansilla, dése el gusto de ser usted otra 
vez quien le cebe mate. 

(Mientras anda, riendo.) 

No sea cosa que ahora se ponga celoso con su hijo. 

(Las mujeres entran en la casa. Mientras el caudillo 
sorbe el mate, se hace el silencio en el patio.) 

ESCENA OCTAVA 

(Desde él campo llega una voz.) 

LA VOZ. — ¡Ay, don Fausto! 

(Al sentirla FAUSTO alza la cabeza sorprendido. Los 
otros esconden, en dramática actitud, las miradas.) 

LA VOZ. — ¡Ay... ¡No puedo más!... ¡Por piedad!... 
FAUSTO. — ¿Qué es eso?... ¿Quién se queja ahí? 

(Las miradas huyen del rostro del caudillo y, escandi¬ 
das, se fijan en FERRANDO que se ha erguido y asi, 
con aire hosco, permanece también sin contestar.) 

LA VOZ. — ¡Ay, me muero!... 


— 42 — 













FAUSTO GAHAY-UN CAUDILLO 


FAUSTO. — 

(De pie, enérgico.) 
¿Qué es eso, he dicho? 

(A FERNANDO.) 
¿Por qué calla? 
FERNANDO. — 


(El respeto a su padre apenas si vela la altanería de la 
respuesta.) 


Un prisionero. 

FAUSTO. — ¿Dónde está? 
FERNANDO. — En las estacas. 


(Aunque las voces con que se hablan son sordas , los 
gestos van levantando a un hombre contra el otro ante 
la atención asombrada de los paisanos. Son dos pre¬ 
sencias morales que se enfrentan desde lo más intimo 
de su fortaleza. Y este enfrentarse es desde antes del 
diálogo em el que ambos sienten que sobran las paki- 
bras.) 


FAUSTO. — Ya se hizo la paz. 

FERNANDO. — Ese hizo un robo. 

FAUSTO. — ¿A quién? 

FERNANDO. — A usté. Con los Maragatos, lo han dejao 
sin terneros en los rodeos. 

FAUSTO. — Yo no soy mi juez; ¡largue ese hombre! Ya lo 
castigará la ley. 

FERNANDO. — Contra ella nos alzamos y fuimos a la 
revolución. 

FAUSTO. — Mas no por estas cosas. Cuando haya ley 
pa todos, no tendremos más guerras... y hasta nosotros 
no haremos falta. 

FERNANDO. — ¿Cuándo será eso? 

FAUSTO. — 

(Apenas reprimiéndose.) 

Eso no es cuestión nuestra. Pa algo están los que di¬ 
rigen al Partido. 

FERNANDO. — Pero nuestra es la sangre que vamos de¬ 
jando en las cuchillas. Peliamos... vencemos... nos 
morimos... ¿pa qué? Cuando les conviene, saltan por 


— 43 — 





JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


FAUSTO. — 

(Ante el dolor de la madre infeliz, se acerca a ella con 

ternura.) 

¿Qué vamos a hacer? Vos sabés que es así la cosa. Pero 
quédate tranquila; cayó como un guapo... 

LORETA. — Ya mi vientre no podrá nunca más criar otro 
en la entraña pa largarlo al mundo, y que apenas sea 
hombre salte al caballo, ¡pa cáer como un guapo!... 
Se nos va la vida... se fueron los años, y no he visto 
levantar mi casa, hacer cosa alguna a los míos que han 
ido muriendo, uno a uno, sin más huella en el mundo 
que un montoncito bajo una cruz y el dicho: ¡cayó 
como un guapo!... ¿Por qué es esto así? ¿Qué maldi¬ 
ción nos castiga? ¡Usté que me los ha llevao, digamé, 
General? 

FAUSTO. — 

(Tornándola de los hombros.) 

¡Es la vida, china, que está maldita!... ¡Tan ancho ve 
el campo el potro joven, que lo hace retumbar con sus 
galopes y lo puebla de relinchos!... ¡Y uno no para, 
hasta humillarle los lomos y hacerle sangrar la boca 
enfrenada!... Lo mismo quiere hacer el hombre con 
el hombre. ¡Y por eso morimos!... 

LORETA. — 

(Del llanto alza sus palabras.) 

¿Qué mal hacían mis pobres finaditos con vivir? ¿Por 
qué me los mataron? 

FAUSTO. Tal vez nada más que ése, Loreta: vivir. ¿Qué 
cosa más pobrecita que la paloma inocente? Y no puede 
vivir en un cielo tan grande, sin que el gavilán la 
busque para matar su dulzura. 

LORETA. — ¡Ay, don Fausto!... ¿Qué me han dejao pa 
mi vida dolorida de perderlos? ¿Qué queda de ellos 
sobre la tierra? ¡Infeliz de mi, y de todas las madres 
de estas patrias! ¿Pa qué tanto guerra y tanta muerte? 

FAUSTO. — Sí, tenés razón. Nada te dejaron, ni dejare- 


— 46 — 















FAUSTO GARAY-UN CAUDILLO 


mos, más que esa relación: “Murieron como guapos”. 

(Reaccionando contra su propio abatimiento. Enérgico.) 
Pero no, china; en esa relación va una historia, un ver¬ 
güenza y un destino!... 

(Un sueño confuso alza su frente y vela su mirada.) 
i Un destino!... Cuando después vengan los días en que 
los hombres recojan el trigo de su pan, esa relación ha 
de enseñarles que su semilla se alimentó del jugo de 
la tierra, del agua del cielo, y de la sangre de los que 
como tu hijo la hicieron fecunda pa una buena cosecha. 

LORETA. — ¡Campos que riegan nuestras lágrimas!... ¡No 
hay rincón de esta tierra en que no haiga enterrao un 
montón de sangre y lágrimas nuestras!... ¿Pa qué, 
Dios mío? ¿Pa qué? 

FAUSTO. — Pa que el pan que ellos coman en la mesa 
tranquila, tenga ese gusto a libertá que nuestra sangre 
le dió. 

(Pausa.) 

Generoso destino... huella que no se borra, de los que 
han pasao sin dejar más que esa relación: “¡Murió como 
un hombre!” 


TELON 










— 47 — 








JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


encima de la sangre de nuestros paisanos, o la pisotean 
y allá arriba pasan y se abrazan, por una paz que ellos 
habían deshecho y que nosotros quisimos aguantar con 
nuestras lanzas. ¿Y esa es la ley que vamos a obedecer? 
FAUSTO. — ¡Basta, canejo! ¿Me va a tomar aura una 
lección ? 

<Avanzando imperativamente hacia su hijo.) 

¡Le he dicho que suelte a ese hombre! 

FERNANDO. — 

(Sin decrecer en su altivez.) 

¡Hágase justicia! 

FAUSTO. — 

(Ya sin oír a su hijoJ 

Despacio, con cuidao de no descoyuntarlo, aflojen y 
larguen a ese desgraciao. 

FERNANDO. — 

(Se ha erguido frente a su padre, con el gesto de una 
rebeldía por fin expresada.) 

¡General, yo no suelto a ese hombre!... ¿A dónde va¬ 
mos a parar con eso? 

FAUSTO. — 

(Su ademán es tan fuerte como si al hijo tomara de un 
brazo y lo sacudiera con la violencia de su mirada irre¬ 
sistible.) 

¡Obedezca a su padre! ¿Qué sabe usté cómo he llegao, 
ni a dónde voy? 

FERNANDO. — 

(El viejo sentimiento patriarcal en que lo han criado, 
es más fuerte que toda su voluntad. Y asi voltea el 
airado gesto en un abatir de encono de los ojos y la voz.) 

Sí, señor... ¡Está bien! 

FAUSTO. — 

(A todos, can enérgica voz de mando.) 

jMarchen! 

(En silencio, lentamente, los demás van saliendo en se¬ 
guimiento de FERNANDO. FAUSTO queda un instan¬ 
te de pie, jadeante, mirándolos. Luego comienza a an¬ 
dar, con lento paso, hasta sentarse de nuevo.) 


— 44 — 





FAUSTO GARAY — UN CAUDILLO 


. «.> 

FAUSTO. — 

(Mientras anda, el pensamiento viene, interrumpido, a 

sus labios.) 

¡Querer manchar toda una vida por una porquería!... 
¡ah, muchacho!,.. ¡Claro, tiene razón!... ¡Pero no, no 
la tiene! ¿Cómo ha de tenerla?... ¿A cuántas ya he 
marchao? ¿Por lo mío? ¿Qué es lo mío? 

(Se detiene un instante, mirando hacia donde salió su 
hijo.) 

¡Ah, destino, el de uno!... ¿Qué busca? ¿Quién lo or¬ 
dena?. .. 

(Sentándose, fatigado.) 

¡La paz... la paz!... 

(Con desolación.) 

¿Qué paz? 

ESCENA NOVENA 

(LORETA viene del zaguán, y en presencia del gesto de 
meditación del caudillo se acerca a él con andar tímidó 
y respetuoso. Así serán al principio sus palabras.) 

LORETA. — ¿Cavilando, General. 

FAUSTO. — 

(Sin mirarla.) 

Pensando un poco. 

LORETA. — ¿Molesto? 

FAUSTO. — No, china; quedóte no más. 

LORETA. — Cuestión es... General... que yo quería ano¬ 
ticiarme del muchacho... 

FAUSTO. — ¿Ya te contaron? Pelió como un guapo. 
LORETA. — ¿Y después? 

FAUSTO. — 

(Con pena.) 

Hice que lo pusieran aparte. Está al abrigo de una 
piedra muy grande, a la sombra de un arbolito... 
LORETA. — 

(Toda su figura quiébrase en un llanto de apagadas 
palabras.) 

¡Ay, don Fausto... era cierto lo que mi corazón me 
anunciaba!... Este también... ¡Dios me ampare! 











ACTO SEGUNDO 











ACTO SEGUNDO 


Hacia la derecha, el frente de la estancia de Fausto 
Garay. Es la vieja arquitectura colonial: una maciza pared 
blanca, en la que se abren dos altas ventanas enrejadas, 
y entre ellas el zaguán de ancha puerta de madera oscura. 

El pretil de la azotea impide ver ahora el techo de tejas; 
sobre él y en el centro, coronando la masa del edificio, el 
altillo con su balcón practicable. Cerrando casi totalmente * 
el fondo de la escena, la pared del galpón que se adelanta 
así, en un plano bastante alejado, al edificio principal. 
Pared de terrón y techo de paja, cuya boca se abre hacia 
el frente de la izquierda. Recuadrando los espacios de la 
izquierda, y desde el fondo al frente, un ombú, una palma, 
un paraíso. A la sombra de estos árboles, algunos bancos 
y mesas de piedra. Desde allí se verán las lejanías del 
campo. 


ESCENA PRIMERA 

(Es la ligera hora del principio de una mañana de 
verano, en que la luz danza en el aire, sobre las copas 
de los árboles, en el blanco y el azul de la casa, y ai t- 
viana la pesada mancha violeta de la pared del galpón. 
Es la hora de la inviolada inocencia de la mañana cam¬ 
pesina, cuando el aire juega brevemente can la hoja seca 
caída en el patio, vibra en los relinchos y balidos lejanos 
y se alza en el canto de los gallos. Cuando los chingólos 
corren y saltan entre cortados volidos de miedo sobre el 
polvo iluminado que la escoba de la sirvienta va ba¬ 
rriendo, mientras la mujer canta a media voz o ríe de 
las bromas de los peones que pasan rumbo al corral. 


— 51 — 








JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


La 'puerta y ventanas están abiertas de par en par. 
Allí el día comienza antes que el sol. Entre las manos 
de MANSILLA, arrollado en la liviana sombra del 07nbú 
en cuyas raíces se ha sentado, brilla la luz en los estribos 
de plata del apero de FAUSTO GARAY, que aquél está 
limpiando. Cerca suyo CALIXTO, un paisano humilde 
que ha vestido sus mejores ropitas para llegar hasta la 
estancia del Caudillo,, lo mira en silencio, atento. Está 
vestido de viaje, pues ya sólo espera a su mujer para ir¬ 
se. En él vístante de levantarse el telón, FAUSTO GA- 
RAY despide con voz enérgica a un hombre que va ale¬ 
jándose, descubierta la cabeza, con aire reconcentrado y 
lentos pasos. Es EDUVIGES; alto, de melena lacia y 
negra, y bigote indio. Todo su aspecto es de una conte¬ 
nida fiereza. FAUSTO está vestido de paisano, con aus¬ 
tera sobriedad. Así es él, siempre. Ni ríe a carcajadas, 
ni se enoja con gritos o ademanes violentos. Es un hom¬ 
bre centrado en ¡a vida , con tan firme y seguro instinto, 
que apenas si mueven sus gestos él dolor o la cólera. 
Pero lo que no se? oye en su voz, se ve en su mirada que 
hace el entusiasmo o el miedo de quienes la sufren en 
las horas de su pasión.) 

FAUSTO. — 

(Descendiendo del zaguán al patio y acortando la dis¬ 
tancia que lo separa del otro.) 

¡Te he dicho que no, y basta!... Andate y tratá de 
vivir tranquilo... 

(Al sentir la voz enérgica los que están en el ombú se 
han vuelto hacia los que hablan, de pie y sorprendidos.) 

EDUVIGES. — 

(Mientras anda, seguido de FAUSTO, hacia el fondo de 
la escena. Se empeña en parecer humilde; pero su voz 
sigue siendo brara y firme.) 

Dispense, General; mas, ¿cómo vamo a vivir tranqui¬ 
los? Ya le mataron a Tomás Moreira, por quitarle 
la mujercita... No podemo ni llevar un pañuelo del 
color de su divisa. ¿Puede un paisano vivir tranquilo, 
si no lo dejan ni decir lo que piensa? 

(Pama.) 

¡Y áura esto del Mayor Fernando, por culpa del Ma- 
ragato ese! La gente se pregunta... y dispense el ha¬ 
blar: “¿Qué hace el Toro? ¿Se va a dejar poner el 
yugo?” 


— 52 — 




FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 


FAUSTO. — Carece tener paciencia... 

EDUVIGES. — ¿Y cómo tenerla? Usté ve: han inventado 
áura, eso de vagos. Alambran los campos; cierran las 
porteras; achican la tierra... y al que no cabe en ella 
porque le han quitao su lugar, ¡lo prienden por vago! 
FAUSTO. — Están afilando el cuchillo que va a concluirlos. 
Se doma un potro salvaje; pero nadie amansa al hom¬ 
bre. No perdás la paciencia. 

EDUVIGES. — ¡Ahí está; es lo que yo digo!... Cuestión 
es, también, que pa algo están sus hombres. Es mi 
pensar. 

FAUSTO. — 

(De nuevo enérgico.) 

¡Te he dicho que eso no puede ser! 

EDUVIGES. — Deme permiso, y usté verá que sí. Aunque 
el Venao vive en el pueblo, 

(Sonríe.) 

el cuchillo no hace ruido, por más que dentre. 
FAUSTO. — 

(Ya colérico ante la incomprensión del otro.) 

¿Cuándo me has visto en una cosa de éstas? ¡Basta, 
canejo! 

EDUVIGES. — 

(Sorprendido.) 

¡Ah, sí señor... dispense!... 

(Vaso hacia el ombú, mientras el otro lo sigue a dis¬ 
tancia.) 

ESCENA SEGUNDA 

(Por la puerta del zaguán, salen al patio y se dirigen 
en dirección contraria a aquella en que están los hom¬ 
bres, AGUSTINA y la mujer de CALIXTO. Cubierta la 
cabeza por un oscuro pañuelo que se anuda bajo el men¬ 
tón y apenas si deja libre un perfil agudo y envejecido, 
vestida con humildad y aseo, la campesina lleva entre los 
brazos envuelto en ropas que lo ocultan casi totalmente, 
un niño de apenas un mes de edad. Hablan mientras 
andan.) 

AGUSTINA. — 

(Tiernamente, a la mujer.) 

Ya no debían irse hoy, Margarita. Se nos perdió la 


— 53 — 









JUSTINO ZAVALA MÜNÍZ 


MARGARITA. — ¡Qué esperanza, comadre!... Ya está to¬ 
do acomodao. 

(RiendoJ 

¡Vamos cargaos que ni turcos !... Eso quita las ganas de 
venir a la estancia: se llega con una mano atrás y otra 
adelante... y ya digo: se sale como turco , de cargao. 
AGUSTINA. — 

(Riendo brevemente.) 

Para que el angelito abra Jos ojos al mundo , y piense 
que nadie padece hambre ni falta de abrigo, sin su 
culpa. 

MARGARITA. — 

(Mientras se despide.) 

¡Dios la oyera! 

CALIXTO. — 

(Tendiendo la mano a FAUSTO.) 

A sus órdenes General. 

FAUSTO. — 

(Estrechándole la mano.) 

Que te vaya bien. 

(A MARGARITA despidiéndola y aludiendo al niño.) 

Ese ya no se lo voy a llevar yo. 

MARGARITA. — Si no es a usté, ¿a quién seguirán ma¬ 
ñana? 

CALIXTO. — Ansina es: ¿ a quién seguiremos? 

ESCENA TERCERA 

(Cuando los campesinos desaparecen por la esquina ade¬ 
lantada del galpón, FAUSTO y AGUSTINA vienen hacia 
el centro del patio.) 

AGUSTINA. — ¿Te hicieron enojar? 

FAUSTO. — Por esa cuestión de tu hijo. 

AGUSTINA. — ¿No podrá hacerse nada por él? 

FAUSTO. —- No puede hacerse lo que este indio Eduviges 
vino a ofertarme. 

AGUSTINA. — 

(Cuando ya va a entrar en el zaguán. Con timidez.) 

No te olvides que ellos son unos asesinos. 




— 56 — 






FAUSTO GARAY-UN CAUDILLO 


FAUSTO. — 

( Cortante.) 

Pero yo no lo soy. 


ESCENA CUARTA 

(MANSILLA ha vuelto a sentarse en la sombra del om- 
bú. Y mientras sus manos se ocupan en ordenar el re¬ 
cado del caudillo , sus ojos están puestos en éste que se 
acerca a él con andar lento y preocupado.) 

FAUSTO. — 

(Deteniéndose frente di asistente.) 

¿Qué hay, indio? 

MANSILLA. — Y, ya lo ve; limpiando su apero. De juro 
que hoy va a dar su güeltita, como siempre. 

FAUSTO. — Sí; a estar solo, pa ver mejor las cosas. 
(Pausa.) 

¿Qué dicen por áhi? 

MANSILLA. — 

(Intentando levantarse.) 

¿Quiere un amargo? 

FAUSTO. — No; sentate. 

MANSILLA. — 

( Obedeciendo.) 

Con su permiso. 

(Pausa.) 

Y, por áhi... i qué se yo!... Ya ve; ni se menta la 
traición de ese picaro de Modestito. 

FAUSTO. — Y era de buena laya, el bandido. Hombres 
leales, sus padres. 

MANSILLA. — Algo está pasando en la sangre de los crio¬ 
llos. Talmente, parece que se hubieran güelto cuervos. 
FAUSTO. — La necesidá, indio. ¿Quién iba a peliar antes 
por un pedazo de carne, si era lo que sobraba? 
MANSILLA. — ¡Ah, claro; áura hay que ser rico! Maliceo 
que ya a dir muy mal este páis, de tal modo. Van a 
terminar por hacer la guerra con gente conchavada. 


— 57 — 











JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


mañana, y el sol va a calentar mucho para el angelito. 
MARGARITA. — 

(Con vos humilde, agradecida.) 

No es nada, comadre. 

(Ríe brevementeJ 

¡Lo que son las cosas!... Ahí está lo que siempre le 
digo a Calixto: cuestión no es ser pobre, si no de güeña 
laya. Y ahí tiene; todo se paga en esta vida. De aquí 
pa adelante seremos casi como de la mesma sangre. 
[Compadres del General!... 

AGUSTINA. — ¿No trajo una sombrilla para resguardarlo? 

Mire que es lejos, de aquí a su casa. 

MARGARITA. — No, no es nada, doña Agustina ... 

(Vuelve a reir.) 

¡Cuesta acostumbrarse!... Mi comadre, no es nada. 
EDUVTGES. — ¿Entonces, General? 

FAUSTO. — 

(Alzando la voz, enérgico.) 

¿Ya no te lo he dicho? 

(Al sentir la voz del caudillo, las mujeres ae han vuelto 
sorprendidas, interrumpiendo su diálogo.) 

EDUVIGES. — 

(Tendiendo la mano en ademán de despedida.) 

Dispense , General, si tengo mala cabeza... 

(Pausa.) 

Con que si no es ansina... Hasta la vista, y a sus 
órdenes. 

FAUSTO. — 

(Estrechándole apenas la mano.) 

Y cuídate de no hablar, que en estos tiempos oyen 
hasta los pastos. Hasta la vista. 

AGUSTINA. — 

(A Fausto.) 

Margarita quería despedirse. 

MARGARITA. — Mas si está ocupao, no se haga un in¬ 
cómodo. 


— 54 — 




FAUSTO GARAY-ÜN CAUDILLO 


FAUSTO. — 

(Yendo hacia las mujeres. EDUVIGES pasa junto a 
MAN SILLA y se pierde más allá del ombúJ 
No es ningún incómodo. ¿Van a viajar con el sol tan 
alto? 

(Al llegar, bromeando.) 

Los van a tomar por portugueses. 

MARGARITA. — No señor, no; hay un airecito fresco 
CALIXTO. — 

(Ha llegado junto a su mujer, y observa al caudillo con 
gesto de contenida admiración. Sus palabras son como 
un eco de las de aquella.) 

Eso es; un airecito fresco. 

(El grupo se ha vuelto a poner en movimiento hacia la 
esquina adelantada de la casa , por donde van a desapa¬ 
recer los viajeros.) 

MARGARITA. — ¿Ansina, General, que le ponemos no más 
su nombre? 

CALIXTO. — ¡Ah, sí; su nombre! 

FAUSTO. — 1 

(Siempre con afectuosa cordialidad.) 

Miren que trae desgracia. 

MARGARITA. — ¡Qué ha de tráir!... Ansina, dende gurí, 
ya va sabiendo que tiene que ser un hombre. 
CALIXTO. — ¡Sí, un hombre! 

FAUSTO. — Por llevar el de mi abuelo, ¡ya ven qué peso! 
MARGARITA. — Las espaldas se hacen a llevarlo. Un 
nombre es un destino. Y el alma, avisada dende tem¬ 
prano; se va haciendo iuerte pa cumplirlo. 

AGUSTINA. — 

(A CALIXTOJ 

¿Hizo cargar todo el charque? ¿No se les irá a abom¬ 
bar con el sol? 

CALIXTO. — ¡Sí señora, como no! Dejé sólo los menudos. 
Nos da pa dos meses, lo menos... ¡Gordaza, la va¬ 
quillona! 

AGUSTINA. — Que la disfruten. 

(A MARGARITA.) 

¿Y usted le dió la lana que Carmencita le regaló para 
el colchón? Que no se les olvide. 


— 55 — 












JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


es pa cáerse muerto!... ¡Qué tiempos, santos benditos! 
¿Y esto es un páis? Ya no se respeta nada en esta tierra. 

(A DEMETRIO, que se ha quedado distante. Enérgica.) 
¡Movete, pues!... Vení a contarle vos. 

AGUSTINA. — 

(Deteniendo el afanoso trabajo.) 

¿Qué hay, Loreta? ¿Por qué ese alboroto? 

(Viendo a DEMETRIO.) 

¿Y usted no se había ido ya? 

DEMETRIO. — 

(Acercándose.) 

Sí, señora; me juí y no me juí... porque di güelta de 
la pulpería. 

(Pausa.) 

Porque pa dirme ansina, callao y con esa... con que, 
mesmo... 

LORETA. — 

(Impaciente.) 

Bueno, hombre, bueno, decí las cosas de una vez y sin 
tantos revoleos. 

AGUSTINA. — Déjelo hablar, Loreta. ¿Qué le pasó, De¬ 
metrio? 

DEMETRIO. — ...Con que me allegué a la pulpería pa 
levantar el surtidito ese con que el General quiso ayu¬ 
darme a pasar este invierno. Con él, y la carrada de 
leña que me dió pa cortar... 

LORETA. — ¡Dejate de venir con arañas por la paré, y 
conté de una vez lo del pulpero! 

DEMETRIO. — Con que leyó la orden, y encomenzó a decir 
entre rezongos: No hay yerba; ni tabaco; ni galleta; ni 
fideos. Total, ¡fundida la pulpería!... 

LORETA. — ¿Oye, doña Agustina?... ¡Que ésto le hagan a 
Fausto Garay! ¡Un oriental no hubiera sido capaz! 
¿Ha visto gringo más atrevido? Y esto no es de áura. 
Va un tiempo que pa aquí mismo, siempre queda por 
mandar algún algo. 


— 60 — 







FAUSTO GARAY-UN CAUDILLO 


AGUSTINA. — ¿Y usted le dijo que era por orden de Faus¬ 
to, que iba a buscar ese surtidito? 

DEMETRIO. — ¡Cómo no, señora!_Usté ve que el pul¬ 

pero sabe que yo no sé escrebir. ¿Con qué, cómo iba 
entonces a dibujar aquellas palabras que estaban en el 
papel? ¿No verdá? 

LORETA. — Y al lao del mostrador, jugando al truco, la 
rueda del comisario Modestito, los Borges y el Mara- 
gato. Asomándose a la reja, los dos capangas de ese 
bandido... ¡Ante un público de gente —y qué gente— 
hacerle eso a don Fausto!... 

(Pausa.) 

¡Si es pa montar a caballo!... 

AGUSTINA. — ¡Qué insolencia, Dios mío... y cuánta in¬ 
gratitud!. .. 

(Con desolación.) 

¡Ah, la pobreza no respeta ni virtud, ni fama, ni co^a 
noble Sólo del hombre! 

LORETA. — Qué pobreza ni pobreza, doña Agustina; lam- 
banzas de ese gringo con los que áura mandan. 
AGUSTINA. — Sí, Loreta... usted no sabe. 

(Vacilando entre decir o callar.) 

Pero ya va más de un año que no arreglamos la libreta 
de la pulpería. Mas, ¿cómo cambiar a Fausto? 
(Desolada.) 

¿Qué va a ser de nosotros? La desgracia va estrechando 
un negro cielo de tormentas alrededor de la estancia. 
LORETA. — ¡Ah, si fuera yo, todo esto terminaba áura 
mismo!... Carecería sólo decírselo a don Fausto y usté 
iba a ver cómo su rebenque surtía en seguida la pul¬ 
pería de ese gringo!... ¡Y lo que se habrá relamido el 
Maragato ése!. 

DEMETRIO. — Con que... no hay pa qué amargarse, doña 
Agustina. Yo sé apreciar lo mesmo la generosidá del 
General. 

(Tendiendo la mano.) 

Hasta la vista. 


— 61 — 









JUSTINO ZAVALA MUN1Z 


FAUSTO. — Antes, cualquiera se agenciaba su arma; una 
tacuara y un cuchillo, hacían una lanza. Hoy es otra 
cosa. 

MANSILLA. — Mesmo. Usté va a las pulperías, a cua- 
lisquier lao, y se topa con endividuos a los que rodean 
el comisario, el juez de paz, el pulpero... ¡y hasta los 
gauchos pobres! Y uno al verlos tan engrandecidos, 
pregunta por su apelativo. ¡Don Fulano! Y abren la 
boca. ¿Quién lo echó al mundo? ¿En qué lao mostró 
que era un hombre? Naides sabe. Pero tiene plata, 
canejo, y hay que rodiarlo. 

(Con encono.) 

Y usté dice: ;Yo soy el asistente de Fausto Garay! 
y ellos lo miran como a bicho raro, y hablan de ma¬ 
jadas, y plantíos de porotos... ¿Aonde va a quedar el 
hombre? 

FAUSTO. — 

(Con tristeza viril.) 

¡Y tanto que hicimos porque no se perdiera! 

MANSILLA. — ¡Y áura lo del Mayor Fernando! ¡Y el Ma- 
ragato ese, riyéndose en las pulperías!... 

FAUSTO. — 

(Reaccionando de su fugaz abatimiento.) 

¿Vos lo viste? 

MANSILLA. — Si lo hubiera hecho en mi presencia, mi 
cuchillo le habría abierto veinte bocas pa que le cho¬ 
rreara la risa hasta la muerte. 

(Pausa.) 

Más dice la gente. 

FAUSTO. — ¿Qué dice? 

MANSILLA. — Mesmo, no saben qué hacer ni qué decir. 

FAUSTO. — ¿Y vos qué creés, indio? 

MANSILLA. — ¿Qué voy a creer? Usté sabe lo que hace; 
y mientras no nos falte, todo es cavilar al ñudo... 
¿Dispués, si acaso?. .. Güeno, dispués... se habrá cum- 





— 58 — 


FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 


piído un Destino. Que otros queden pa mirar al que 
venga. 

(Pausa.) 

¡Lo que me subleva es eso del Maragato! 

FAUSTO. — ¿Es cierto que anda con dos capangas? 
MANSILLA. — Ansina dicen; dos portugueses pa guardarle 
la espalda. Mas yo no lo he visto. 

FAUSTO. — ¿Con quién va a pelear? 

MANSILLA. — 

(Poniéndose de pie. Mientras recoge el recado.) 

¿Con quién va a ser? 

FAUSTO. — 

(Mientras se dirige lentamente hacia el campo que se 
ve asomar entre el ombú y la palma.) 

Andá ensillando. 

MANSILLA. — 

(Yendo hacia el galpón.) 

¿Va a salir solo? 

FAUSTO. — 

(Con contenido enojo ante la pregunta.) 

¿Pa qué quiero compaña? 

MANSILLA. — 

(Para si mismo.) 

Y... esas cosas... un maula, nunca es de fiar. 
ESCENA QUINTA 

(AGUSTINA llega hasta la puerta del zaguán, al que ter¬ 
mina de barrer, cuando por el patio avanza>i hacia eUa 
LORETA y DEMETRIO. En tanto la mujer anda con 
precipitados pasos y habla con nerviosas palabras de 
indignación, el hombre, un misero campesino de edad 
avanzada, síguela lentamente con aire humillado y con¬ 
trito.) 

LORETA. — 

(Casi gritando.) 

¡Doña Agustina, doña Agustina, venga a oír lo que ha 
pasao a Demetrio con el gringo de la pulpería... ¡Si 


— 59 — 








JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


AGUSTINA. — No, no se vaya así. Espere. Fausto no tiene 
más que una palabra. Lo que él dió, dado está. 
LORETA.—¿Quiere que lo llame pa contarle lo acontecido? 
AGUSTINA. — ¡Cállese, no hable de contárselo!... ¡Sólo 
yo sé la tristeza que está cayendo en su alma, cada día! 
¿Todavía hemos de colmársela con esta miseria? 
(Haciendo lo que anunciaJ 

Espérese, Demetrio; le daré el dinero para ese surtidito. 
Entro y vuelvo en seguida. 

(Váse precipitadamente por el zaguán adentro. Los otros 
quedan un instante en silencio, mirándola.) 

LORETA. — Vos tenés que vengar ese insulto, indio. 
DEMETRIO. — ¿Usté cree? 

LORETA. — ¿Y vas a permitir una cosa de esas a tu jefe? 
Andá y refregale los vintenes por la trompa a ese 
gringo. 

DEMETRIO. — 

# (Caviloso.) 0 

Cuestión es... que si después don Fausto se anoticea 
de por qué jué la pendencia... 

AGUSTINA. — 

(Volviendo. Mientras se acerca.) 

Tome, Demetrio; vaya y haga su compra. Trate de que 
Fausto no lo vea salir; no sea que le pregunte qué hace 
aquí todavía. 

DEMETRIO. — 

(Tomando el dinero.) 

¿Pa qué se jué a molestar? Un pobre siempre halla 
modo de arreglarse. Con que muchas gracias, y hasta 
la vista. 

AGUSTINA. — Hasta la vista. 

LORETA. — 

(Acompaña al otro, que ya cruza el patio.) 

¿Vos ves, indio, lo que cuesta la vergüenza? 
DEMETRIO. — Cuando falte esta estancia, ¿quién hará 
estas cosas? 

LORET A — Un gran fogón se habrá entonces apagao... 


— 62 — 





FAUSTO GARAY — UN CAUDILLO 

y el campo nos verá encogidos de írío, achicaos de 
miseria. 

(Vanse. AGUSTINA vuelve a barrer,) 

ESCENA SEXTA 

(Desde el campo llegan CARMEN y MAXIMO. Siguién¬ 
dolos y trayendo una valija que irá a depositar en la en¬ 
trada del zaguán, JORGE MANSILLA. CARMEN viste 
claros vestidos, alegres como la luz de la mañana que 
también parece oírse en su voz. MAXIMO , el novio , es 
un hombre ciudadano y de apenas más de treinta años. 

De color pálido aceitunado; ojos negros muy abiertos , 
con mirada de pueril curiosidad; de rostro huesoso y de¬ 
macrado. Tiene en el gesto una confusa sensación de 
cansancio físico, aduladora cortesía y una impotente iro¬ 
nía cínica por aquello que no es capaz de comprender. 
Viste él traje de montar y las botas con que los hombres 
elegantes de la ciudad, creen ambientar au figura que¬ 
bradiza en él sereno ambiente campesino.) 

AGUSTINA. — 

(Adelantándose a los que llegan.) 

• • . 

¡Qué temprano, Máximo! No lo esperábamos por la 
mañana. 

MAXIMO. — 

t Mientras le estrecha la mano.) 

¿Cómo está, señora? Sí, salimos todavía de noche; el 
mayoral quiso aprovechar la fresca, y la luna de la 
madrugada. 

(JORGE vase hacia el galpón.) 

AGUSTINA. — Debe sentir apetito; el campo y el madru¬ 
gón dan siempre hambre. 

(Haciendo lo que dice.) 

Voy a llevarle su valija y a prepararle un churrasquito. 
MAXIMO. — No se moleste, señora. 

AGUSTINA. — 

(Yéndose por el zaguán.) 

No es molestia. 

CARMEN. — 

(Al tiempo de hacerlo en el banco junto al paraíso .) 

Siéntate. ¡Vendrás muy cansado! 


— 63 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


MAXIMO. — 

(Sentándose junto a ella.) 

¡Aburrido, es lo que vengo! ¡Vives en el fondo del país! 
CARMEN. — Aquí me encontraste. 

(Bromeando.) 

Más escondida, más guardada. 

MAXIMO. — ¡Cien leguas de soledad y silencio! 
CARMEN. — Sí, no son entretenidos estos campos. Aquí 
nada te distrae entre estos tan lejanos horizontes. Por 
eso cuando una idea nace en uno, vive aquí larga¬ 
mente. 

(Sonrie.) 

Una idea... que puede ser un cariño. 

MAXIMO. — O un odio. 

(Pausa.) 

Carmen, es preciso irse de aquí. 

CARMEN. — No espero otra cosa. 

MAXIMO. — Debes convencer al General. 

CARMEN. — ¿Convencerle de qué? 

MAXIMO. — De que deben irse. 

CARMEN. — 

(Sorprendida.) 

¿Ellos también? 

MAXIMO. — Sí, también tus padres. 

CARMEN. — ¡Ah, Máximo; él no va a quererlo!... ;Cómo 
hacer? 

MAXIMO. — 

(Poniéndose de pie.) 

Pues es preciso que lo quiera. Por ti, por doña Agus¬ 
tina, por Fernando.,. por nosotros. ¿Qué eres tú aquí, 
prisionera en ese altillo, no viendo más que gauchos 
oscurecidos de silencio los más de los días, o arrebata¬ 
dos por bárbaras pasiones cuando quieren algo? 
CARMEN. — ¿Pero, y Tata? 

MAXIMO. — El General... ¿qué espera aún? Tú debes 
saber y decírselo; si permanece no quedará para él ni 


— 64 — 



FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 


esta propia tierra de su estancia. En cambio, todavía 
es tiempo. 

CARMEN. — 


(Poniéndose de pie, asombrada.) 

¿Qué quieres decir? ¿Ni la tierra de su estancia será 
suya? ¿Quién habría de quitársela? 

MAXIMO. — Nadie, si no él mismo. Tú ves... esta casa 
es de todos... Aquí viene a esperar que haya baguales 
para amansar en el pago, el domador. En los montes 
de esta estancia se abrigan y comen los matreros. Las 
tropillas cansadas de los contrabandistas, aquí engor¬ 
dan mientras ellos los cambian por caballos de tu pa¬ 
dre. Y los payadores pagan el techo y la olla de que 
se sirven, con la música de su guitarra. ¿Puede esto 
durar? 

CARMEN. — Decírselo, sería pedirle como una huida. 

(Con tristes»J 
Yo no me atrevo. 

MAXIMO. — Tú eres la hija. Doña Agustina, tú y Fernán-' 
do, ya es sólo lo que le queda. Háblale en nombre de 
ustedes, a quienes él quiere. Hazle sentir que es tu 
padre. 

CARMEN. — ¿Tú crees? 

MAXIMO. — ¿No se está en el mundo también para los 
suyos? ¿Qué hay más cierto y entrañable que esto? 
Dime. Yo creo que aún podemos salvar a Fernando. 
CARMEN. — ¿Hablaste con el defensor? 

MAXIMO. — No, con esos no hay que contar. En cambio, 
si el General no se opone yo iré a hablar con el Venao, 
como lo llaman ustedes. 

CARMEN. — ¿Tú irías a hablar con el Venao? ¿Y en 
nombre de Tata? 


MAXIMO. — 

(Visiblemente molesto.) 

¿Quién te ha dicho eso? Hablaría en mi nombre. Sólo 
quiero que el General me autorice a hacerlo. 
CARMEN. — ¿Se lo dirías al otro? 


— 65 




JUSTINO ZAVALA MUNIZ 

MAXIMO. — ¿Para qué habría de decírselo? Pero el sólo 
hecho de ir yo... 

CARMEN. — ¡Máximo, tú no conoces a Tata ? 

MAXIMO. — 

(Enérgico.) 

¡Pídeselo tú, por tu hermano! 

CARMEN. — ¡Tampoco me conoces a mí! 

MAXIMO. — 

(Con cólera en que se muestra su sentimiento de humi¬ 
llación.) 

¿Por salvar a tu hermano no eres capaz de comprender 
esto? 

CARMEN. — ¡Ay, Máximo... un hijo de mi padre tendría 
el cuchillo en el cuello, y pediría la muerte antes que 
mirar con ojos que clamaran por la vida!... ¿Cómo 
quieres que entienda otra cosa? 

MAXIMO. — Es que no se quieren bastante entre ustedes. 
CARMEN. — No, Máximo, no es eso. Es que tal vez nos 
queremos demasiado. No te enojes... no me hagas 
caso... díselo a Mama. Mira, allí viene y ella tal vez 
te entienda. 

AGUSTINA. — 

(Llegando desde el zaguán y uniéndose al gruyo.) 

Vaya usted, mi hija, y cuide del churrasquito. 
CARMEN. — Mama, tenemos que convencer a Tata y mu¬ 
darnos a la ciudad. Aquí estamos solos, en medio de la 
desgracia... ¿No es cierto? 

AGUSTINA. — ¿Irnos de aquí? 

(Sonriendo dulcemente.) 

¡Ah, muchacha!... ¿Cómo quieres que ahora cambie¬ 
mos así la vida? ¿Qué rincón hay allí de más dulce 
tranquilidad que el que los cielos de la nochecita cie¬ 
rran sobre estos patios, cuando nuestros hombres tra¬ 
bajan olvidados de sus luchas? 

CARMEN. — Es que estos campos no permitirán nunca ese 
olvido, Mama. Lo ahuyentan las canciones de los pa- 


— 66 — 





FAUSTO GARAY—UN CAUDILLO 


y adores, los viajeros que llegan al fogón, y hasta las 
cruces que asoman al camino. 

AGUSTINA. — ¡Ah, si a Fausto no lo llamaran esas cosas 
lejanas y él no oyera más voces que las nuestras! 
MAXIMO. — 

(Mientras los tres andan hasta el jando de la escena en 
donde se detienen.) 

Usted puede hacer que salvemos a Fernando. Oigame 
cómo. 


ESCENA SEPTIMA 

(Mientras los tres hablan en voz baja con apasionados 
gestos , del campo regresan FAUSTO y MANSILLA. El 
Caudillo trae aún en la mano el rebenque, pues acaba de 
desmontar. El asistente lo sigue a escasa distancia, 
con la cabeza descubierta. Ambos traen un gesto pre¬ 
ocupado por los pensamientos cuyas palabras ellos sólo 
oyen, aunque ya están junto a la palma.) 

MANSILLA. — ¿Entonces no desensillo? » 

FAUSTO. — Dejalo a la sombra. Y vos pónete de bombero, 
disimulao en el cerro. 

MANSILLA. — Pa mí, que ya no va a pasar. A lo mejor 
no son más que conversaciones de la gente. 

FAUSTO. — Vamos a ver. 

MANSILLA. — ¿Y si por un evento pasa? 

FAUSTO. — Vos te acercas y decís: “Ahí vienen los bue- 
ye”. Y te callás, ¿eh? 

MANSILLA. — 

(Con timidez.) 

¿No sería güeno que yo ensillase? Siempre... 

FAUSTO. — 

(Volviéndose hacia el otro, con duro gesto.) 

¡Retírese, canejo!... 

(Al sentir su voz, los del primer grupo se vuelven hacia 
él. MAXIMO se adelanta tendiéndole la mano que el cau¬ 
dillo estrecha con contenida cordialidad.) 

MAXIMO. — Buenos días, General. ¿Cómo está? 

FAUSTO. — ¿Cómo le ha ido? ¿Cumplió la comisión? 


67 — 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


MAXIMO. — Sí, señor. Y me apresuré a venir para en¬ 
terarlo. 

FAUSTO. — Muchas gracias. 

(A las mujeres, y aludiendo al otro.) 

Tenemos que hablar. 

AGUSTINA. — 

(Ya yéndose con su hija. A su marido.) 

Van a ser las once. ¿Tocamos la campana para llamar 
a los peones? 

FAUSTO. — 

(Mientras se dirige, seguido por el otro, a sentarse a la 
sombra del paraíso.) 

Como a usted le parezca. 

(A MAXIMO.) 

Siéntese. 

MAXIMO. — 

(Al tiempo de sentarse.) 

Estuve en el diario del partido, en Montevideo, hablé 
* con sus amigos políticos, y a todos enteré de lo que 
aquí está pasando con usted y los suyos. 

FAUSTO. — ¿Y total? 

MAXIMO. — El diario publicó un artículo planteando los 
hechos. 

(Del bolsillo extrae la hoja impresa.) 

Acá está. 

FAUSTO. — 

(Sin mirar siquiera el papel.) 

Vamos a ver. 

MAXIMO. — 

(Leyendo.) 

“UN ATENTADO. — Se nos informa, de fuente res - 
“ponsable, que la policía de su departamento, ha co- 
“ metido un atentado en contra del General Fausto Ga- 
“ ray, y en la persona de su hijo Fernando. Este habría 
“ sido provocado de palabra por un vecino de aquellos 
“ lugares, y en sitio público...” 




— 68 — 


FAUSTO GARAY— UN CAUDILLO 


FAUSTO. — 

(Interrumpiéndolo.) 

¿Con que un vecino, el Cuíco, no? ¿Entonces se les 
dice, según parece... pueda ser? 

(Con enojo apenas reprimido.) 

¿Y quién les dijo? ¿No les mostró la carta escrita por 
Agustina y en mi nombre? 

MAXIMO. — Es que, según me explicaron allí, el Presi¬ 
dente no está del todo conforme con el partido del 
Venao. Y sacrificar ahora... 

FAUSTO. — 

(Apenas levantando la voz.) 

¡Sacrificio... sacrificio!... Los que tenían mujer y 
unos hijitos pa criar, y montaron a caballo pa ir a que¬ 
dar pudriéndose al sol mientras en sus ranchos la mi¬ 
seria ocupó su lugar, ¿qué hicieron, entonces, si lo de 
éstos es sacrificio? Aquéllos hicieron la historia, con 
sus muertes; éstos la escriben con palabras. ¡Y sólo se 
oirá la de éstos, sobre el silencio de aquéllos!... ¡Ah, 
Destino!... ¿Cuándo dejaremos de ser ignorantes?... 
MAXIMO. — 

(Sorprendido ante la última y extraña exclamación.) 

¡Y en la ciudad dicen que los paisanos odian la ins¬ 
trucción!. .. 

FAUSTO. — Usted ha oído que un gaucho ha matao un 
comisario, un turco, o un paisano como él. ¿Cuándo a 
un máestro? ¿Lo sabe usté? 

(Pausa.) 

Odiamos a los picaros, ¿me entiende? 

(Consigo mismo.) 

Si lo que se aprende en los libros no mata al hombre, 
ni lo tuerce, ¡quién nos diera tiempo y modo pa 
aprenderlo! 

(Reaccionando. Con palabra de forzada serenidad.) 

¿Y en el pueblo, qué dicen? ¿El abogao crée que va a 
sacármelo a Fernando? 

(Desde el fondo de la escena se alzan lento a, espaciados , 
los altos ecos de la campana llamando a los hombres 
de las distancias cercanas y distantes.) 

MAXIMO. — Y... General... La cosa va a ser difícil. 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


AGUSTINA. — 

(Alentada por la vacilación de su esposo.) 

Máximo se ofrece para ello y está seguro de conse¬ 
guirlo. 

to mirada interrogante de su hombre, vuelven a 
hacerse tímidas las palabras.) 

Nada malo para nosotros. 

(Ccrn humilde pero firme resolución.) 

Pero si por salvar a Fernando es preciso decirle al Ve- 
nao que se le cree capaz de ser gente y justo... 
FAUSTO. — ¿Quién ha de decírselo? 

AGUSTINA. — 

(Queriendo detener el áspero reproche que ya está en 
los ojos de su esposo.) 

No tú, ni yo... No, no... ¿sabes?... sólo Máximo le 
hablaría, y por su cuenta. 

FAUSTO. — ¿Qué caso le van a hacer a un pedido de ese 
mocito? ¿Quién es él, pal otro? 

AGUSTINA. — Sí, claro... No es que sea sólo por el pe¬ 
dido de Máximo. Pero tú ves , es nuestro hijo, el úl¬ 
timo. .. Tú comprendes ... 

FAUSTO. — 

(Poniéndose de pie, impaciente.) 

¿Comprendo qué? 

AGUSTINA. — 

(Siguiéndolo, suplicante.) 

¡Por tu hijo, Fausto!... ¿Qué importa que el otro crea 
que detrás de Máximo estás tú? 

FAUSTO. — 

(Apenas puede reprimir la violencia que crece en él.) 

¿Yo pidiendo a ese so treta? 

AGUSTINA. — ¡Es la vida de Fernando! ¡Déjame expli¬ 
carte! 

(Implorando.) 

¡Escucha, Fausto!... ¿Has de ser tú quien detenga la 
mano que apartará al rayo de mi cabeza? ¡Ten piedad! 


— 72 — 





FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 


FAUSTO. — 

(Mientras anda can lentos pasos.) 

¿Y eso ha pensao de mi ese mozo? ¿Me calcula capaz 
de pedir una cosa de esas? ¿Y vos también? 
AGUSTINA. — 

(El amor desesperado por su hijo esconde su temeroso 
respeto por el esposo a quién miró siempre tan alto.) 

Te negaste a lo de Eduviges... no tienes quién lo de¬ 
fienda... ¿También esto?... ¡Ay!... No quieres que 
se mate por salvarlo; tampoco quieres que se pida. ¿Qué 
hace mi corazón? ¿En qué ha de quebrar tu vida un 
silencio que salvará a tu hijo? ¡Por éste sólo!... 
FAUSTO. — Aquí se aprende la vida, mirando vivir; no 
hay otro libro. Un destino que no busqué, me levantó, 
así, en los ojos de mis paisanos. Ya no es sólo por mí, 
mi hecho. ¿Comprende? 

AGUSTINA. — 

(Anhelante.) % 

Pero yo soy una madre, Fausto, que te grita: ¡salva a 
mi hijo!... 

FAUSTO. — ¡Ay, pobre mujer vencida de dolor!; ¿cómo ha 
perdido la memoria de la vida? ¡De los brazos de otras 
madres como usté, llamé a sus hijos... y no volvieron 
más. 

(Pausa.) 

¡Se los dejé tendidos abajo de un montón de tierra! 
AGUSTINA. — 

(Casi en un clamor.) 

¡Eso hiciste, también, con los otros que te di! Detente 
ya, Fausto, ante éste que es el último! 

FAUSTO. — 

(Con tristeza viril.) 

¡No puedo, mujer, no puedo!... ¡Ah!, ¿qué se yo quién 
me puso en este andar de un destino más fuerte que 
mis cariños?... Pero sé, sí, que desde que di en él el 
primer paso, ya no podría pararme jamás. 

(Pausa.) 


73 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


FAUSTO. — ¿Por qué, difícil? ¿No había testigos de cómo 
pasó? ¿Y mis terneros robaos por ese Maragato? 

MAXIMO. — Pero los testigos no se animan; la policía los 
amenaza; el Gobierno no oye; el fiscal ignora... Y el 
defensor teme las represalias y a que lo cerquen por 
hambre. Dice que si lo señalan como enemigo, ¿quién 
le va a llevar asuntos para defender? Esa es la situación. 

FAUSTO. — 

(Aunque sea contenida su expresión, la cólera oscurece 
su frente.) 

¡Miedo de los jueces, miedo del Gobierno, miedo de los 
vecinos y del defensor! Un cielo de bajezas les hunde 
los hombros, cierra los ojos, y entumece las lenguas. 
¡Esto han hecho de un rincón del país! 

MAXIMO. — ¿Qué vamos a hacer? Nadie ve ni oye. El 
temor al hambre y a la muerte... 

FAUSTO. — 

(Reconcentrado ya, en una trágica resolución.) 

Yo abriré una boca que grite la verdá, como pa que 
nadie deje de oirla; levantaré la justicia con un color 
que no habrá ojo que no la vea. 

(Paseándose a lentos pasos, en dramática meditación.) 
Está bien... está bien... ¿Con que nadie ve? 

(Llamados por la campana irán llegando, con cansa¬ 
do andar, y sentándose a la sombra de la pared del gal¬ 
pón, los humildes trabajadores y huéspedes de la estan¬ 
cia: Los peones, que unos a los otros se echarán agua en 
las manos para lavárselas; el QUINTERO, cuidadoso de 
sus instrumentos de trabajo, aprovechará el descanso 
para limpiarlos; el PAYADOR, con su guitarra a la que 
se pondrá a templar apagadamente; el DOMADOR, el 
CARRERO. Todos, menos MANSILLA. LORETA entre 
ellos, a espaciados intervalos. Desde la distancia en que 
están no pueden oír las palabras que se dicen en el prin¬ 
cipio dd patio; pero la presencia del Caudillo en él pone 
en todos un gesto grave, y silencio en los labios...) 

ESCENA OCTAVA 


AGUSTINA. — 

(Llegando desde el zaguán.) 

Máximo, su churrasquito está en la mesa. Carmen lo 

espera. 


70 — 









FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 


MAXIMO. — 

(Yéndose.) 

Sí, señora. Con su permiso, General. 

AGUSTINA. — 

(Con tímida solicitud.) 

¿Si nos sentáramos. Fausto? Yo quisiera hablarte... 
FAUSTO. — 

(Accediendo.) 

Ya le estoy oyendo. ¿Qué hay? 

AGUSTINA.— 

(Sentándose a su lado.) 

... De Fernando... 

FAUSTO. — Parece que nadie se anima a defenderlo. 
AGUSTINA. — ¿Máximo te contó cómo nos han abando¬ 
nado todos? 

FAUSTO. — Así tenía que ser. 

AGUSTINA. — ¿Por qué? ¿Acaso tu vida pasada no ha 
sido para servirlos? % 

FAUSTO. — Sí; pero es mi vida pasada. 

AGUSTINA. — ¿Y ahora? 

FAUSTO. — Ya ve. 

AGUSTINA. — Entonces, los hombres?... 

FAUSTO. — Y... no son ángeles. 

AGUSTINA. — ¿Así pagan? 

FAUSTO. — Casi siempre así, los que están cerca. Después, 
al tiempo... los que vienen más tarde, recién ven. 
AGUSTINA. — ¡Tarde! 

FAUSTO. — Eso es. Mas no tanto como pa que todo sea al 
ñudo o se pierda. 

AGUSTINA. — Pero, ¿ y nosotros? 

FAUSTO. — Ahí tiene. 

AGUSTINA. — Nuestro hijo está vivo, y pueden matarlo. 
(Intenta tímidamente el ruego.) 

Y todavía no hemos hecho todo lo posible por salvarlo. 
FAUSTO. — Si usté piensa algún modo, podríamos ver. 
(Pausa.) 

Yo no encuentro cómo. 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Me están mirando, no sólo todos mis paisanos, si no mis 
hechos todos. 

(Pausa.) 

¡Y los que ya murieron a mi lado, desde hace tanto! 
AGUSTINA. — ¡Ay, Fausto... fantasmas de la muerte te 
tapan ios ojos y no te dejan ver que perderás la vida 
de Fernando! Yo miro para atrás en mis años... 

(Casi llorando.) 

¿Qué quedará dei fruto de mi vientre? ¿Quién hablará 
por nosotros? Dime, ¿así nos perderemos? 

FAUSTO. — Si también éste se ha de perder, que sólo 
queden, hijos nuestros, los hechos que hemos cometido, 
pa cumplir con la vida. 

(Pausa.) 

En la memoria de los hombres crecerán, y hasta es ca¬ 
paz que hablen, y acaudillen sus vidas. 

AGUSTINA. — 

(Con amargo rencor.) 

¡Estoy cansada, sin fuerzas en mi vejez, de tanta lucha! 

No quiero ser más que una madre abrazada a su último 
hijo... Déjame! 

FAUSTO. — Yo estoy cansao, casi desde muchacho... ¡y 
sigo!... 

AGUSTINA. — ¡Tú no nos quieres!... 

FAUSTO. — ¡Mujer!... 

(AGUSTINA ya no puede contestarle, pues el llanto apa. 
ga sus palabras y quiebra, su dolorida figura. El vuelve a 
pasear, grave y reconcentrado, en tanto ella se dobla en 
el banco bajo al peso de los sollozos.) 

ESCENA NOVENA 

(MANSILLA viene del campo. Al verlos, respetuoso ante 
el dolor de la mujer se detiene, el sombrero en ¡a mano, 
junto a la palma. Desde allí hablará con palabras enar - 
decidas por la emoción.) 

MANSILLA. — General... 

FAUSTO. — 

íReaccionando de su pesadumbre.) 

¿Qué hay? 





FAUSTO GARAY — UN CAUDILLO 


MANSILLA. — Ahí vienen los güeyes. 

FAUSTO. — ¿Con qué rumbo? 

MANSILLA. — Como en un alarde, rodiando los límites de 
la estancia y el camino. 

FAUSTO. — 

(Con vivo paso que anuncia su apasionado propósito.) 
¡Ah, trompetas!... ¿y han de meter la cabeza en la 
boca del lobo? 

MANSILLA. — 

(Cuando ya el otro va a desaparecer.) 

¿No me deja que lo acompañe? 

FAUSTO. — ¡Quieto, canejo! 


ESCENA DECIMA 

(El grupo de los peones ha terminado de reunirse, 
sentados en pequeños bccncos a la sombra del galpón. 
El mate comienza su lento andar entre ellos . Desde en¬ 
tonces, coro de figuras humildes, y al tiempo recias, las 
voces de todos, serán un grave eco comentando el diᬠ
logo que sucesivamente, dos de entre ellos, sostendrán. 
Más tarde, cuando la emoción los ponga de pie, todas 
serán una sola y dramática voz. LO RETA ha llegado 
desde el galpón, a reunirse con AGUSTINA, que aún 
permanece, agobiada, sobre el banco a la sombra del 
paraíso. CARMEN viene a unirse al grupo. Al traspo¬ 
ner el zaguán, se acerca por el lado de fuera a la ven¬ 
tana que se supone da al comedor en que está MAXI¬ 
MO. Y desde allí le habla.) 

CARMEN. — Ya sabes; sube a mi cuarto que allí han pues¬ 
to tu valija. 

(Contestando a lo que le dicen desde adentro.) 

Sí, será tu pieza mientras estés. 

(Escucha.) 

¡Oh, estarás con más libertad! 

(Separándose para unirse a su madre.) 

Te esperaremos aquí. No demores, ¿eh? 

UN PEON. — ¡Arde el mediodía!... Va a cantar largamen¬ 
te la torcaza. 





— 75 — 




JUSTINO ZA VAL A M U N I Z 


LOS HOMBRES. — ¿Quién ataja al Destino? 

MAXIMO. — Los otros lo han sentido. Se paran ... Se 
juntan... sí, son tres... 

LAS MUJERES. — ¡Ay, lo matarán!... Son tres... 

LOS HOMBRES. — ¡El es Fausto Garay* 

CARMEN. — 

(A MANSILLAJ 

¡Salte usted en el parejero y alcáncelo! Ataje esa 
muerte... 

MANSILLA. — 

(Desolado.) 

¡Señorita, por su orden estoy aquí! 

LOS HOMBRES. — Aunque volase el caballo, más pronto 
llega la hora que está escrita. 

MAXIMO. — Alza un brazo... grita... ¡Pero el silencio 
apaga las palabras! 

LAS MUJERES. — 

(Llevándose las manos a la cara.) 

¡Ay, Dios mío!... 

LOS HOMBRES. — ¡Un tiro! 

MAXIMO. — El sigue corriendo por la ladera. Los capan- 
gas se abren en rumbos distintos. Los ganados huyen. 

Y se quedan quietos, en círculo, sobre la loma. Los 
hombres también corren en círculo... 

LOS HOMBRES. — Que la fatalidá cerró pa ellos en el 
campo abierto. 

MAXIMO. — Ahora se paran... están muy cerca... 

LAS MUJERES. — El Destino los ata, y los enfrenta. 

LOS HOMBRES. — ¡Nada los separará, si no la muerte! 
LAS MUJERES. — 

(De nuevo intentan taparse los oidos.) 
i Ay, ay!... 

LOS HOMBRES. — Las balas tráin un nombre escrito. 
MAXIMO. — ¡Vive! Entre las nubecitas de los dos tiros, 
están los dos a caballo. 

LOS HOMBRES. — Las del Maragato no tráian el nombre 
de don Fausto! 


— 78 — 


FAUSTO GARAY-UN CAUDILLO 


MAXIMO. — En la mano de él, brilla en alto el facón. 

LAS MUJERES. — El arma del otro lo matará de lejos. 

LOS HOMBRES. — ¡La de él no erra si se acerca! 

MAXIMO. — No puedo ver... Taparon el cielo que había 
entre sus cuerpos... 

LAS MUJERES. — ¡Ayúdalo, Dios mío! 

LOS HOMBRES. — 

(Can fiera alegría.) 

¡Aura entra el facón!... 

LAS MUJERES. — Y ahora... ¿qué hacen? ¿Los ve? 
MAXIMO. — Se han bajado. Los caballos huyen. El Mara- 
gato corre adelante. Don Fausto lo sigue. 

LAS MUJERES.—¿Estás seguro que es Fausto quién sigue? 
MAXIMO. — No distingo bien... Desde aquí parecen dos 
grandes insectos negros sobre el campo amarillo... 

(Con alegría.) 

¡Sí, es él; le relumbra el cuchillo! 

LAS MUJERES. — ¡Ay, no podrá alcanzarlo!... ¡Uno es 
viejo, el otro joven!... * 

MAXIMO. — El primero corre tambaleante... 

LOS HOMBRES. — La muerte lo va maniando. 

MAXIMO. — El otro lentamente. 

LOS HOMBRES. — Pero lo alcanzará. 

MAXIMO. — Están otra vez cerca. Se detienen. El pri¬ 
mero. .. ¡tiró!... 

LAS MUJERES. — ¿Cayó el nuestro? 

MAXIMO. — Están los dos de pie. 

LOS HOMBRES. — El Destino está cegando al Maragato. 

O el miedo. 

MAXIMO. — Sólo hay un pedacito de cielo entre ellos... 
LAS MUJERES. — ¡Ay, no quiero ver! 

LOS HOMBRES. — ¡Mire áura!... 

MAXIMO. — Cae uno... 

LOS HOMBRES. — ¡El Maragato! 

LAS MUJERES. — ¡Ay, Dios mío! 

MAXIMO. — El otro se agacha sobre él... Ahora se para. 

El caído es la sombra tendida a los pies del que está 
alzado, firme, en la cuchilla. 


— 79 — 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


LOS HOMBRES. — ¡Ese es don Fausto! 

MAXIMO. — Es él, que busca el caballo. 

LAS MUJERES. — ¿Viene herido? 

LOS HOMBRES. — Viene vengado... ¡Y en su ley! 

MAXIMO. — Ya monta. Galopa hacia aquí. Los ganados 
lentos, desconfiados, van cerrando un círculo sobre la 
línea negra que es el cuerpo del Maragato sobre los 
pastos amarillos. Así él parece la única sombra entre 
tanta luz del campo. 

(Ya al entrar al halcón para bajar al patio.) 

Ahí viene llegando don Fausto. 

(Los grupos comienzan a deshacerse. Las otras muje¬ 
res rodean el banco en que AGUSTINA se ha sentado, 
llorosa. Los hombres vuelven, lentamente, a la rueda del 
mate.) 

MANSILLA. — ¿Oye? 

QUINTERO. — ¿Un toro? 

MANSILLA. — Está balando sobre la sangre fresca. 

DOMADOR. — Ya tiene el Maragato quién lo llore. 

PAYADOR. — ¡Lindo pa componer una décima! 

AGUSTINA. — ¿Ve, mi hija? Y nosotras disgustándolo con 
nuestros pedidos. 

MAXIMO. — Era para evitar todo esto, doña Agustina. 

AGUSTINA. — ¡Qué ciegos somos! Vivimos a su lado, y 
todavía no aprendimos a conocer cuándo ya está ar¬ 
diendo en su fuego. ¡Y lo dejamos sufrir solo, con nues¬ 
tras súplicas de mujeres! 

LORETA. — ¡Ahí llega! 

ESCENA UNDECIMA 

(Las palabras casi gritadas de LORETA, han vuelto a 
poner de pie a todos. Los hombres están de nuevo ali¬ 
neados y van quitándose con gesto grave él sombrero. 
Las mujeres, con loe brazos extendidos, se adelantan ha¬ 
cia el espacio entre los árboles por donde él va a llegar. 
Y antes de que aparezca, ya le gritan.) 

AGUSTINA. — ¡Fausto, mi Fausto!, ¿qué has hecho? 

CARMEN. — ¿No viene herido, Tata? 

AGUSTINA. — ¡Cómo te habrás cansado y sufrido!... ¡A 
tus años!... 


— 80 — 


FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 


(FAUSTO está ya sobre el patio. Su presencia hace ten 
silencio de emocionado respeto en todos. Cierto es que 
está cansado. Pero no tanto como para hundir su busto 
erguido ni apagar su firme mirada. AGUSTINA y la hija 
corren a estrecharse en sus brazos. El avanza a recu 
birlas y clsí queda, un instante, en medio del patio, al¬ 
zándose su cabeza blanca sobre las renegridas de las 
mujeres, que se curvan en su pecho.) 


FAUSTO. — 

(Deshaciéndose de las mujeres. A MAN SILLA.) 

Apróntate, indio, que vamos pal Brasil. 

(A LORETAJ 

Traiga mi maleta y mi poncho. 

LORETA. — Voy, General; voy corriendo. 

FAUSTO. — ¡Despacio, canejo! ¿Quién tiene apuro? 
LORETA. — 


(Detenida bruscamente por la ruda voz.) 


¡Ah, sí señor! 

FAUSTO. — 

(A los hombres.) 

Ustedes, vayan allí, y claven una cruz. Pa que los que 
pasen por ese camino, sepan que hubo un tiempo en que 
se hallaba la justicia en el campo. 

LOS HOMBRES. — Así se hará, sí señor. 


TELON 


# 


* 


81 







JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


OTRO PEON. — Su canto mojao golpea como un péndulo 
en el silencio. 

UN PEON. — ¿Cuál será más grande, el de la noche o éste? 
OTRO PEON. — Este , de la luz. 

LOS PEONES. — ¡Silencio de la claridad! 

UN PEON. — Ah, sí; la noche tiene infinidad de vocesitas 
apagadas... y una, resonante, en la altura. De ahí el 
canto que se viene a la boca, viajando solo. 

OTRO PEON. — Este, en cambio, golpea la cabeza de los 
ganados, y arrolla a los pájaros en las ramas. Hay como 
un cansancio enojao. 

LOS PEONES. — Mesmo; un cansancio de enojo. 
PAYADOR. — La noche te llama al viaje, o te ciñe en la 
rueda del fogón. Y sobre el recado tendido, el cuerpo 
es del sueño como la mujer del hombre. 

QUINTERO. — El mediodía te corre de los caminos solea¬ 
dos y te aplasta en una sombra cualquiera. Ni andás, 
ni dormís. 

PAYADOR. — Y las moscas zumban sobre la cabeza ten¬ 
dida, con un pegajoso zumbido recuerdo de la muerte. 
MANSILLA. — 

(Que está de pie, impaciente, mirando al campo. Con 
enérgica voz que sorprende a los otros.) 

No mente el rayo en la tormenta. 

PAYADOR. — 

(Disimulando en la broma su sorpresa.) 

¿Estás por peliar, Mansilla? 

MANSILLA. — 

(Siempre de espaldas al grupo.) 

Yo no; pero la muerte anda ronciando estas cuchillas. 
LOS PEONES. — ¿La ven tus ojos? 

(Señalando la lejanía.) 

Pa nosotros, no hay más que una luz pesada en el 
campo. 

AGUSTINA. — 

(En voz alta, a MANSILLA ) 

¿Dónde está Fausto? ¿Volvió a salir, y a esta hora? 


— 76 — 


FAUSTO GARAY—UN CAUDILLO 


MANSILLA. — Agarró pal campo. Yo no sé, mesmo, pa 
dónde. 

CARMEN. — 

(De pie, grita hacia el altillo.) 

¡Máximo, Máximo!, ¿tú no ves de ahí a Tata? 
MAXIMO. — 

(Asoma en el balcón. Está vestido con pantalón ciuda¬ 
dano, azul, y una blanca camisa de estío. En el instante 
en que le llamaron se ocupaba en peinarse. Por eso 
asoma con las manos cerrando un arco sobre su cabera.) 

¿El General? 

(Mira la lejanía.) 

CARMEN. — Desde ahí ves toda la estancia. Búscalo. 
MANSILLA. — Rumbo al camino... 

MAXIMO. — 

(Haciéndose pantalla con las manos, pues la luz rever¬ 
berante cuelga infinitos cristales sobre el cerra.) 

Sí... allá va... Ahora se baja... 

LAS MUJERES. — 

(De pie anhelantes, intentando ver lo que el otro va 
diciendo.) 

¿Dónde? 

MAXIMO. — Aprieta el alambre... montó. Ahora galopa 
por el camino del campo abierto. 

LAS MUJERES. — ¡Los campos del Maragato! 
MANSILLA. — 

(A MAXIMO.) 

Corra la vista por el rumbo que él lleva. ¿No ve nada, 
adelante? 

MAXIMO. — 

(Su voz irá adquiriendo el tono dramático de las visio¬ 
nes que mueven sus palabras.) 

¡Sí!... por la cañada van tres hombres arreando un 
ganado. Uno monta un oscuro... brilla la plata en sus 
estribos... 

MANSILLA. — ¡El Maragato y sus capangas! 

LAS MUJERES. — ¡Corra, Mansilla, atájelo!... 

(Los hombres se han puesto de pie y así son, en el ex¬ 
tremo del patio, él coro opuesto, grave y dramático, con¬ 
testando al vivo y angustioso de las mujeres.) 


— 77 — 


ACTO TERCERO 





ACTO TERCERO 


El mismo ambiente del Acto Primero. Sólo que ahora 
han pasado sobre el patio diez años y en su amplitud va 
ensanchándose la pobreza. Así están de cansados los cuer¬ 
pos y envejecidas las paredes. Sólo los árboles y los cielos 
alzan su juventud invencible. La luz de la tarde acentúa 
en esta diferencia entre los hombres y su casa y el paisaje, 
una emoción melancólica. 

ESCENA PRIMERA 

(AGUSTINA y MAXIMO salen del zaguán y uon a sen¬ 
tarse en uno de los bancos de piedra. El está vestido 
con cuidado traje ciudadano. Ella trae en Uis manos 
una ahondada fuente en Que, mientras habla, batirá 
huevos y azúcar para un postre. Uno y otro hablan con 
lentitud de meditación.) 

AGUSTINA. — No, mi hijo, no me pidas eso. Sería trai¬ 
cionar mis sentimientos y soplar sobre el fuego. jQue 
ojalá esté para siempre apagado! 

MAXIMO. -- El país entero está mirando hacia aquí. El 
es la más fuerte esperanza entre tanta amargura que 
se vive bajo la tiranía. 

AGUSTINA. — 

(Al sentarse. Con tristeza.) 

¿Ahora recién lo piensan? ¿Y cuando lo dejaron solo? 
Durante sus años de destierro después de lo del Ma- 
ragato, que en paz descanse, ¿qué hicieron por él los 
que ahora lo llaman? 


— 85 — 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


ESCENA SEGUNDA 


(Desde el galpón viene FERNANDO. Sobre él la vida 
ha pasado acentuando la hosquedad de su gesto y la 
firmeza apasionada de su palabra. Entre él y MAXIMO 
hay ‘tena gran distancia de incomprensión que ninguno 
desea, ni intenta, abreviar.) 

AGUSTINA. — 


(Interrumpiendo a MAXIMO y aludiendo al que llega.) 
Ahí viene mi hijo. Háblale. 

FERNANDO. — Buen día. 

AGUSTINA. — Buenos días. 

MAXIMO. — Buen día. 

FERNANDO. — ¿Tata? 

AGUSTINA. — ¿No lo encontraste en el campo? Salió muy 
temprano. 

FERNANDO. — ¡Y siempre solo! Todavía en una vuelta de 
ésas, malaya no le pase cualisquier cosa. 

AGUSTINA. — ¡Y esos ataques que ya le vuelven a ama¬ 
gar! ¡Capaz de caerse del caballo, y solo!... 
FERNANDO. — También. 

(Pausa.) 

Decía por esos milicos que vuelta y media andan ron- 
ciando la estancia. 

MAXIMO. — Ahora debe cuidarse más que nunca 
FERNANDO. — 

(Sin disimular su rudeza.) 

¿Pa qué? 

MAXIMO. — 


(Que ha advertido la actitud del otro.) 
El país lo necesita. 

FERNANDO. — ¿Quién es el Páis? 
MAXIMO. — 


(Sorprendido.) 


¿Cómo, quién es el país? 
FERNANDO. — Sí, pues: ¿qué 
MAXIMO. — Y... el Partido.. 


nombre tiene? 


— 88 — 


FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 


FERNANDO. — ¿Y quiénes son, digamé, el Partido? 
CARMEN. — 

(Su voz llegando desde adentro.) 

Mama, ¿quiere venir? 

AGUSTINA. — 

(Yéndose.) 

En seguida, mi hija. 

(A los hombres.) 

Ya vengo; siéntense. 

(Pero ellos continúan de pie, midiéndose con severa 
mirada.) 

FERNANDO. — Pues sí, ¿qué nombre tiene el Páis? 
MAXIMO. — Hombre... los que me pidieron que viniese, 
son los dirigentes del Partido. 

FERNANDO. — ¿Los que hicieron la última paz? 
MAXIMO. — Los mismos, exactamente, no. Algunos han 
cambiado... t 

FERNANDO. — ¿Dónde andaban entonces los que querían 
aquella paz, y áura esta guerra? 

MAXIMO. — No todo el país está en los ejércitos de una 
guerra civil. Hay quienes esa lucha entre hermanos... 
FERNANDO. — ¡Claro, faltan los maulas y los ladrones! 
Unos están en los maizales, y otros en los montes. ¿Son 
ésos los que áura lo mandan a usté? 

MAXIMO. — 

(Con violencia reprimida, ante la pregunta insultante.) 
Vea, Fernando: no tiene por qué hablarme así. Cuando 
usted estuvo preso, lo serví cuanto pude. 

FERNANDO. — 

(Con frialdad.) 

Gracias, amigo; mas no se lo pedí. 

MAXIMO. — Y, por otra parte, en la ciudad no falta el 
hombre que se haga matar por su Partido. No sólo aquí 
se encuentra. 

FERNANDO. — No le dudo nada que ansina sea; donde hay 
yeguas, potros nacen. Mas un pastor solo no hace ma¬ 
nada. 


JUSTINO ZA VAL A MUNIZ 


MAXIMO. — 

(De pie, frente a ella.) 

Vengamos a lo de ahora. Al fin, es seguro que no va 
a ser preciso pelear... 

AGUSTINA. — Y si es tan fácil, ¿por qué no buscan otro? 
MAXIMO. — Los prestigios no se improvisan, doña Agus¬ 
tina. 

AGUSTINA. — Lo que no se improvisa, mi hijo, es una 
vida. 

(Con ále jada voz, por un pensamiento en él recuerdo.) 
(Pausa.) 

i Ah, si tú vieras la suya desde muchacho!... El mejor 
bailarín de la mozada; el más hermoso de todos, y el 
más fuerte. Los ojos nuestros, de las mozas todas, se 
le estaban ofreciendo en las ruedas de los pericones... 
y, mucho más, se le entregaba la vida. Era para que lo 
celaron los otros, ¿no es verdad?, o le buscaran pen¬ 
dencia. Nadie lo hizo, mientras tanto; parecía como si 
todos sintiesen, viéndolo, que un grave destino se apo¬ 
yaba en sus hombros. 

MAXIMO. — Toda esa vida anterior es la que lo reclama 
ahora. El es el caudillo. 

AGUSTINA. — Y sin embargo, es preciso que aún en los 
días calurosos se envuelva en un poncho las rodillas. 
Arrastra los pies, y apenas si sube a caballo. 

MAXIMO. — Pero su alma será idéntica. 

AGUSTINA. — Tú lo ves: ¿quién mirándolo hoy, recuerda 
en su presencia su prestigio? Vive para nosotros, su 
campo , su silencio. ¡Tanto ha visto! Así en él ahora, 
todo es un tenaz sosiego. Timidez del coraje; quietud 
del viento. No, no le hables de guerras. Siente la hu¬ 
millación del heroísmo y la soledad de quien extendió 
su familia hasta todos sus paisanos. 

, (Pausa.) 

Ahora es cuando es mío, ¿y quieres que yo misma lo 

. pierda? 

MAXIMO. — No sería usted, doña Agustina. Ya le digo: 


— 86 — 


FAUSTO GARAY — UN CAUDILLO 


en la ciudad todos los labios pronuncian en voz baja 
su nombre. 

(Sonriendo.) 

¡Si hasta Carmen y yo mismo lo desconocemos en el 
retrato que de él nos hacen!... 

AGUSTINA. — Yo tampoco podía reconocerlo en el que de 
él hicieron algunos diarios, cuando no lo necesitaban. 
No tenía familia, ni amigos, ni casa... ni cosa alguna 
como no fuera un bárbaro impulso de guerrear porque 
sí, por jugar a la vida y a la muerte. 

MAXIMO. — Nadie les explicó su vida. No todos los cau¬ 
dillos han sido como él. 

AGUSTINA. — Pero sólo han visto a los que no fueron 
como él. ¡Ah!, yo no entiendo nada; soy una pobre mu¬ 
jer que no ha aprendido más que a mirarlo. Pero tú, 
que has de saber, dímelo: ¿Quién plantó en estos cam¬ 
pos la simiente de los caudillos? 

(Pausa.) 

Yo solo sé que el carrero cuenta que nadie guió nunca 
una carreta como Fausto, y le tiene por el mejor de los 
suyos. Los domadores recuerdan cómo era él de jinete. 
Un enlazador te contará sus piales, como un guerrero 
sus cargas. Las esposas miran esta casa, y los hombres 
este padre. Aquí llegan a guardarse los secretos que ni 
a la mujer en el lecho, confía el marido. Los matreros 
le descubren sus rumbos, y los perseguidos su desgra¬ 
cia. Cada uno le tiene por su imagen, y él es la de todos. 
¿Por qué es esto así? ¿Qué culpa es la suya? Y ahora, 
¿por qué te envían a buscarlo? 

MAXIMO. — Por ser el esposo de su hija, me llamaron. 

AGUSTINA. — ¡Ay, si tú supieras!... No habla de otra 
cosa que de lo poco que les dejará a sus hijos en el día 
de mañana. La vida se le está apagando, poco a poco, 
detrás de sus silencios. 

(Desolada.) 

¿Quién iba a decir que Fausto Garay un día iba a llorar 
por cualquier nadita? 

MAXIMO. — Pero todavía, si monta a caballo... 


— 87 — 


JUSTINO Z A V A L A M U N I Z 


MAXIMO. — 

(Intentando un último esfuerzo.) 

Si usted quisiera oírme tranquilo, vería que no tiene 
razón. 

FERNANDO. — 

(Can un dejo entre amable y despectivo.) 

Hable no más, cuñao, que lo escucho. 

MAXIMO. — 

(Sin detenerse ante la ambigüedad del acento del otro.) 
No es sólo nuestro Partido el que sufre. Es, ya digo, 
el país entero. Bastará el nombre de Fausto Garay... 
¿Me comprende? Ni siquiera habrá guerra. Que él ten¬ 
ga el arrojo de alzarse, y todo... 

ESCENA TERCERA 

(CARMEN ha salido del zaguán y se acerca a los hom¬ 
bres sin que ellos la adviertan. Ahora su paso es de un 
gallardo reposo que ennoblece su figura ciudadana. Trae 
un libro en la mano.) 

FERNANDO. — 

(Interrumpiendo, con sorda voz, a MAXIMO.) 

¿Y si no lo hace? 

MAXIMO. — 

(Sin comprender el encono que apaga la voz y brilla en 
la mirada del otro.) 

¿Si no lo hace? Entonces la historia dirá que le faltó 
ese arrojo... 

FERNANDO. — 

(Intenta dar un salto hacia el otro al tiempo que, vio¬ 
lento, busca el puñal en la cintura y grita.) 

¡Decilo vos, cajetilla! 

(Pero CARMEN ha corrido, más rápida que él, y le 
sujeta por el brazo.) 

CARMEN. — ¡Fernando!... ¿Estás loco? 

FERNANDO. — 

(Con teniéndose.) 

Nos acaba de insultar. 


90 — 


FAUSTO GARAY-UN CAUDILLO 


MAXIMO. — ¿En qué está el insulto? ¿Acaso lo digo yo? 
Pero aunque usted y yo y todos nosotros no lo peni 
sernos, con eso no basta para que ya no exista el pen¬ 
samiento en otros. 

CARMEN. — 

(Interponiéndose entre los hombres.) 

Ustedes nunca podrán hablar y entenderse. 

(MAXIMO se aparta, malhumorado, y comienza a pa¬ 
searse y liar un cigarro. Luego vase, a lentos pasos, ha¬ 
cia el galpón.) 

FERNANDO. — Claro, yo no soy un máestro como vos, ni 
letrao como él. 

CARMEN. — ¿Te molesta mi título? 

FERNANDO. — Mi padre no sabe escribir. 

CARMEN. — 

(Con afecto acentuado.) 

Escúchame: somos los únicos hermanos que quedamos. 
¿Por qué habríamos de enojarnos? ¿Por qué estkmos 
así desde nuestra llegada? 

FERNANDO. — 

( Condescendiendo.) 

Está bien... pero no porque uno sea un gaucho bruto... 
CARMEN. — ¡Oh!, ¿quién dice eso? Sí; tú eres tan guapo 
como Tata, y tan celoso como él de tu libertad. Pero 
mientras tú eres el potro de tus propias pasiones, él ha 
sido el domador de las suyas. 

FERNANDO. — ¿Te lo enseñaron los libros? 

CARMEN. — Me lo enseñó el mirarlo vivir. 

FERNANDO. — Ansina que pa vos, asigún tus libros hay 
que primero preguntar: ¿Mato o no mato? 

CARMEN. — No, Fernando, no. Ellos no lo preguntan, y 
parecen saberlo desde muchachos. Un oído que nosotros 
no tenemos, oye la respuesta. Guapo, y bueno y gaucho 
en todo, era Tomás Moreira. El era rico y Tata pobre. 
Se criaron al mismo tiempo y en el mismo lugar. De 
Tomás Moreira, el coraje hizo un matrero; de Tata, un 
Caudillo. 


— 91 — 


JUSTINO ZAVALA MUNI2 


FERNANDO. — ¿Entonces, vos también querés que se 
levante? 

CARMEN. — Quiero. 

FERNANDO. — ¿Y qué querés que haga él solo? ¡Dejate 
de historias! Si hasta los paisanos van juyendo pa los 
pueblos y viven confundidos en el montón. ¿De qué 
querés que sean capaces áura, si ya ni de montar a 
caballo se han de acordar? 

CARMEN. — Se pierde más fácil esa costumbre, y todas, 
que la memoria de la vida. Esta estará como escondida 
y muerta. Pero todavía oye y reconoce aquella voz que 
un_ tiempo oyó en los labios de sus padres, y les hizo 
soñar con hombres libres. 

FERNANDO. — Embretaos en esos pueblos. 

CARMEN. — También estoy yo, ya ves. Pero en la punta 
de cualquier calle, todavía se está asomando el campo 
y su libertad. Como en cualquier recuerdo de ayer, el 
tiempo en que la voluntad humana era también algo 
en el destino del hombre. 


ESCENA CUARTA 

(MANSILLA viene del galpón con el paso tan rápido 
como se lo permite su vejez.) 

MANSILLA. — ¿Quiere venir, Mayor? 

FERNANDO. — 

('Mientras sigue al PEON.) 

¿Pa qué me querés? 

MANSILLA. — Pa ver si reconoce al trompeta que manda 
los milicos. 

FERNANDO. — ¿Están ahí?.. 

MANSILLA. — No; pero se les ve clarito ir bordeando las 
lagunas del bañao. 

CARMEN. — ¿No vió a Tata? 

MANSILLA. — No, niña. 

(Los hombres vanse por el galpón. ( 


— 92 — 


FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 


ESCENA QUINTA 

(CARMEN se sienta en uno de los bancos de piedra, 
intentando leer. Pero apenas ha comenzado, FAUSTO 
entra en el patio. Y aprovechando la distracción de su 
hija, quédase un instante de pie, contemplándola. Aun¬ 
que le tiene a su espalda se diría que es tan fuerte la 
sensación de su presencia, que pronto CARMEN alza 
el rostro, sorprendida, como si le hubiera oído hablar.) 

CARMEN. — 

(Riendo brevemente.) 

Me hablaba, Tata, y distraída no lo oí. 

FAUSTO. — 

(Afectuoso.) 

Yo no le hablé, mi hija. 

CARMEN. — 

(Sorprendida.) 

¿No me habló? ¿De veras? Juraría que había oído su 
voz. 

FAUSTO. — 

(Sentándose. Como comentando un pensamiento ante¬ 
rior.) * 

Entonces, mi hija, ¿qué dice aquella gente? 

CARMEN. — Ahora todos miran para acá. El gobierno le 
tiembla, y el pueblo lo espera. 

FAUSTO. — 

(Sonríe bondadoso y entristecido.) 

Eso era antes; cuando el hombre créia en el hombre. 
Mas ahora... aquel tiempo se borró, sin esperar si¬ 
quiera a que muriese el último de nosotros. 

CARMEN. — Sin embargo, Tata, hasta allá llegan anuncios 
de alarmas, que corren un frío de miedo entre los del 
tirano. Y aquí uno repite una orden que a usted se le 
atribuye, y va corriendo por los pagos en chasques que 
nadie conoce. 

FAUSTO. — 

(Siempre sonriendo.) 

Y usté ve que no es verdá. Sí, Mansilla parece que se 
ha vuelto muchacho, porque cuando llega a la pulpería, 
todos callan pa sólo mirarlo. 


93 — 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


(Con clara alegría.) 

¿No ha visto que el indio parece un jefe? 

CARMEN. — Es, ya, lo que los hombres esperan: un iefe 
FAUSTO. — 

(Con pena.) 

¡Yo no puedo serlo! Usté ve lo que se ha hecho con¬ 
migo. ¡Tirao como una sobra! 

(Pausa.) 

Ni Fernando me acompañaría si lo envitase. Más fuerte 
que su amor a la divisa, es la rabia que les ha tomao. 
Después... él tiene razón. ¿Acaso iría pa servir a los 
paisanos, o pa servirlos a ellos? 

(Pausa.) 

¡Es triste! 

CARMEN. — Fernando no es Fausto Garay. 

FAUSTO. — No crea, mi hija; el muchacho es guapo y por- 
fiao. Viéndome ir, capaz hasta de creer que he aflojao. 
CARMEN. — Pero él no es usted, Tata. El se deja llevar por 
su odio. Usted no podría... 

FAUSTO. — ¡Ah, claro! 

(Pausa.) 

¡La divisa de uno... tantos años en la frente! Pero vos 
ves que dejar áura a tu madre, pobre viejita... Ya nos 
vamos concluyendo los dos. ¡Que a lo menos pueda 
uno irse de la vida mirando los ojos del otro! Ella dice 
eso, y con razón. ¿Pa qué matarla de un disgusto? 
(Pausa.) 

Si todavía uno fuera convencido como antes. 

CARMEN. — 

(Pausa. Con amoroso acento.) 

Fernando no piensa más que en su odio, muy justo, sí; 
Mama, en su amor... Pero usted, ¿qué vamos a hacer?, 
tendrá que vencer al odio y al amor. 

FAUSTO. — Oh, en eso he cavilado todo el día. Por un lao, 
por otro, me van llegando las noticias de todos mis 
hombres. Yo estoy pronto, dice uno; y otro, y otro... 
Ya parece un río silencioso que empezó a correr y 
crecer... 


— 94 — 


FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 


(Poniendo la frente entre las palmas de las manos , los 
codos en las rodillas.) 

i Y que uno quede así, en la orilla, viendo pasar el río 
de una vida que fué la suya tantos años!... 

(Pausa.) 

Mas, ¿cómo olvidar todas las que los míos, mismo, me 
han hecho? 

CARMEN. — Tata, por acordarse de eso, se olvida de los 
ojos que lo están mirando; de los oídos que se aguzan 
para oír en el viento su voz de orden. Y éstos son más 
que aquéllos. Y mejores. 

FAUSTO. — 

(Como consigo mismo.) 

Ando solo por el campo y de repente es como si me 
llamaran los muertos. Ocasiones parece que van a le¬ 
vantarse de las cuchillas y a gritarme: ¿Qué hacés aho¬ 
ra, Fausto? 

(Silencio dolorido.) 

¡Todos tienen en la frente las divisas que les hice sacar 
pa traérselas de recuerdo a sus mujercitas... ¡Igual a 
la mía!... 

(Pausa.) 

Pero entre ellos y yo... éstos que ahora me han des- 
presiao; manoseao, casi. 

CARMEN. — Y después de éstos, Tata, los que vendrán 
mañana, y como aquéllos le gritan a su recuerdo ahora, 
le gritarán entonces a su memoria: “—¿Qué hiciste, 
Fausto?” 

FAUSTO. — 

(Poniéndose de pie. Deseando, vivamente, desviar la 
respuesta.) 

¿Usté sabía que hace noches que duermo a campo? 
CARMEN. — Sí, lo he sentido salir, ahogándome de angus¬ 
tia y miedo en la cama. 

FAUSTO. — 

(Poniendo su mano afectuosa sobre el hombro de CAR¬ 
MEN, que está también de pie.) 

¿Y se áhoga de miedo, sólo porque salgo a dormir al 
fresco? ¿Tan miedosa, y quiere que vaya a la guerra? 


— 95 — 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


CARMEN. — Sí, Tata. 

FAUSTO. — ¿Y no ha pensao que allí es más fácil que me 
pialen pa siempre? 

CARMEN. — Lo he pensado, y las lágrimas vienen a mis 
ojos. 

FAUSTO. — 

(Sorprendido.) 

¿Cómo, entonces? 

CARMEN. — Es que prefiero verlo así, aunque mi corazón 
se destroce. ¡No puedo hacer otra cosa! 

(Avergonzada por lo que ha dicho.) 

¿Qué voy a hacer? 

FAUSTO. — 

(Abrazándole tiernamente la cabeza.) 

¡Hija mía... vos debiste salirme hombre! 

LORETA. — 

(Saliendo de la cocina con el mate.) 

Aquí está el amargo, General. 

TELON. 


ESCENA SEXTA 

(Es una tímida luz de media luna envolviendo aquel tro- 
zo del campo solitario. En el confin del horizonte, una 
graciosa NUBE blanca cuyos contornos se azulan y do¬ 
ran por la luz de la luna. En el limite cercano del pai¬ 
saje alzan sus curvas las COLINAS , que son como el 
extremo del coro de ellas q*ie danzan sobre la llanura 
con sus suaves formas en la noche. En el principio del 
llano que las COLINAS guardan y la NUBE corona , 
adelayxtándose a ellas, un corpulento OMBU. A su abrigo 
han venido a acostarse, burlando la vigilancia de los 
otros, FAUSTO GARAY y su viejo asistente. Mientras 
el Caudillo ha hecho de su recado y poncho cama en las 
raíces del árbol, MANSILLA se ha tirado en el campo 
abierto. Aquel está acostado con los ojos puestos en el 
cielo que se alza sobre su frente. El soldado se ha ten¬ 
dido boca abajo, apoyando el rostro sobre las manos 
cruzadas en el recado. Es su vieja costumbre de gue¬ 
rrero. Asi podrá levantar, a breves y regulares Ínter - 




— 96 — 


FAUSTO GARAY-ÜN CAUDILLO 




válos, él torso, y atisbar el solitario silencio de la noche. 
No es cómoda , sin duda, su actitud para dormir. Pero 
no gritará un chajá en el bañado, un teru tena en la 
loma, o resoplará su caballo asustado en la soga, sin 
que él lo sienta. Y esto es lo que importa cuando se 
guarda el sueño de FAUSTO GARAY. El Ccuudülo ha 
venido a quedar casi oculto en la densa sombra que el 
OMBU voltea sobre él. MANSILLA, en la difusa clari¬ 
dad. Mientras uno tiene la cabeza colocada hacia el 
frente, el otro mira hacia el fondo del campo. Los se¬ 
para además, una distancia de respeto y pudor; aunque 
ambos apena# si se han descalzado las botas y quitado 
el sombrero y el cinto. 

MANSILLA. — 

(Ccm ingenua satisfacción orgullosa.) 

Hablando a lo bruto, General, y dispense la compa¬ 
ranza: el zorro pierde el pelo pero no las mañas. 

(Rie en voz baja.) 

FAUSTO. — 

(Con acento jovial.) ( 

Esos no prenden ni una manea; cuanto más a un hom¬ 
bre. 

MANSILLA. — 

(No puede reprimir su alegría.) 

¡Se la gané a la vida, canejo!... ¡Todavía me esperaba 
esto; pa algo estaban mis güesos de punta!... 

FAUSTO. — Ya desconfiabas que no te tráia. 

MANSILLA. — 

(Con enojo inocente.) 

Con esto de tanto tiempo en paz, usté no andaba más 
que rodiao por las mujeres de la casa, y el chacarero, 
y el de los árboles... ¡Si parecía que ya ni se acordaba 
del indio viejo!.,. 

( Condescendiendo.) 

Claro, las cosas son las cosas... y yo pa ésas no sirvo. 

FAUSTO. — Bueno, indio; dormite que a lo mejor agatas 
si nos dejan echar un sueño entre cuero y carne. 


— 97 — 





JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


MANSILLA. — 

(Mirando la lejanía.) 

Está de tormenta. Esas nubes grandes y pesadas, son 
agua que tal vez venga al caer la luna. 

(Dándose vuelta dispuesto a dormir.) 

FAUSTO. — Antes vamos a ensillar. 

Hasta luego. 

MANSILLA. — 

(Resignado a cortar el diálogo.) 

Si no fuera por el murmullo en el silencio tan hondo, 
¡está lindo pa prosiar! 

(Volteando la cabeza sobre el dorso de las manos cru¬ 
zadas en el recado.) 

Que pase bien. 

(Silencio. Los hombres se han dormido. Las pesadas 
nubes de la tormenta lejana han ahogado entre sus se¬ 
nos hinchados a la afilada luna. Y así queda el paisaje 
envuelto en una intensa luz azul de irrealidad. Un rayo 
ha podido filtrarse, y escinde sobre el tronco del OMBU 
en el instante en que comienza a oírse una voz viril y 
baja. El espíritu del viejo árbol campesino se ha cor - 
porizado en una confusa imagen que hiende su tronco y 
desde allí habla a la dormida conciencia del Caudillo.J 

EL OMBU. — ¿Qué haces, Fausto Garay? La guerra ya está 
otra vez creciendo en altas voces que cruzan entre mis 
ramas, y sobre las multitudes se aguarda verte alzado 
como yo lo estoy en la llanura. ¡Oh, tú no podrás de¬ 
sertar de ella, como yo no podré desaparecer del pai¬ 
saje, mientras el campo conserve su libertad. Nacimos 
en un idéntico destino, que a los dos abatirá cuando los 
cercos se estrechen de tal modo que tus raíces y las 
mías en ellos se ahoguen. Sobre mi frente gira el sol 
en círculos eternos y a mis pies la sombra fugitiva se 
encoge o separa, huyendo de las brillantes lanzas. Así, 
en tanto sirvo a este tenaz combate, sobre la llanura mi 
sombra es el compás del tiempo. ¿No señalan igual, 
tus generaciones de caudillos, las épocas de la vida en 


— 98 — 




FAUSTO GARA Y — UN CAUDILLO 


el campo? Cuando en mis ramas se duermen los pájaros, 
sobre mi copa cantan las estrellas. Ahora que en tus 
brazos ha venido a dormirse, herido, el pájaro de la 
libertad, ¿por qué no alza tu boca el canto de la espe¬ 
ranza? 


(MANSILLA ha erguido él torso sobre el recado, atia¬ 
bando las azules soledades y haciendo callar la voz del 
árbol. FAUSTO se da vuelta inquieto en su improvisado 
lecho y al ver a MANSILLA, habla.) 

FAUSTO. — ¿Oíste algo, Mansilla? 

MANSILLA. — No, General; sólo resuena el silencio. Duer¬ 
ma a gusto. 

(Y los dos vuelven a tenderse. La luna se alarga sobre 
las curvas de las COLINAS, cuando de éstas se alzan, 
leves imágenes de su gracia, las forman de su alma y 
hablan.) 

LAS COLINAS. — ¿Qué haces, Fausto Garay, que no sien¬ 
tes nuestra dolorosa esclavitud? Mira qué lejos estamos 
de ti y de tus paisanos. En la inocente mañana de esta 
tierra, ¡con qué amor nos poseía el hombre! Y era una 
venturosa intimidad que nadie turbaba. Sobre nosotras 
dormía sueños de reposo el matrero; un pequeño pa¬ 
ñuelo violeta era el cerco del labrador en nuestra fren¬ 
te. ¡Entonces éramos de todos, y sólo el amor nos to¬ 
maba!. .. Míranos ahora: Desde que nos han ceñido es¬ 
tas livianas cadenas de los alambrados, andan escondi¬ 
dos, como huyéndonos, los que nos amaban. Nos poseen 
hombres extraños que no ven la gracia de nuestras cur¬ 
vas, ni oyen la música de nuestra danza entre los hori¬ 
zontes. Así, bajo la ceñuda mirada de codicia suya, 
hemos perdido el candor. Y mientras tanto, los que nos 
amaban se aprietan contra los pueblos, en ranchos os¬ 
curecidos de miseria. Fausto: ¡llámalos que regresen, y 
libértanos!... Que no falte a cada uno de ellos, una de 
nosotras. Ni a nosotras un hombre que viva, trabaje 
y sueñe sobre nuestras dulces curvas. Nuestro compás 
es el del galope de tu caballo: una loma, un llano; una 


— 99 — 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


loma, un llano... Y el tuyo hacía resonar al nuestro, en 
libre música, hasta el fin de los campos. ¿Por qué no 
montas ya, Fausto Garay? 

(De nuevo MANSILLA se ha erguido y su mirada ha 
puesto en fuga a las gráciles formas cuyas voces ha¬ 
blaban sólo para el sueño de FAUSTO. Este vuelve a 
moverse en el recado.) 

FAUSTO. — 

(Con voz de sueño.) 

¿Hablabas, indio? 

MANSILLA. — 

(Ya acostándose de nuevo.) 

No, General. Es este costumbre de cuando antes lo 
acompañaba; pellizco un sueñito, y escucho. 

(Con la lentitud de quien dice ya las últimas palabras 
antes de dormirse.) 

Los caballos están durmiendo tranquilos en la soga. 

(Silencio. La luz se aviva en él cielo que cierra el hori¬ 
zonte. Como una forma más de su blancura azulada se 
alza, corpórea, la voz de plata de la NUBE.) 

LA NUBE. — ¿Qué haces, Fausto Garay? Venía de cielos 
manchados por mis hermanas, heridas y sucias, que los 
hombres sufrientes lanzan al aire, como un oscuro cla¬ 
mor desde las altas chimeneas de las ciudades. Pero 
desde que mis sombras comenzaban a suavizar las cur¬ 
vas de tus cuchillas, ya no veía más que la libertad de 
tu galope sobre el campo. Desde los horizontes mi paso 
por las llanuras azules, es fuga de cándidas majadas 
huyendo del abrazo con que el pampero nos persigue. 
Pero antes de ceder a la violenta pasión con que quiere 
guardarnos, nos deshacemos en muerte de lluvia sobre 
la tierra suspensa. ¿Antes que perder entre brutales 
brazos su alma libre, no regaron tus paisanos con su 
sangre estos campos que te miran dormir, Fausto Ga¬ 
ray? Frágil destino de libertad: nuestra en lo alto, 
vuestra en el llano. Pero que nos deja el fugaz instante 
de una bella muerte, para fecundar la vida. ¿Lo dejarás 
pasar, Fausto Garay? 

(La liviana forma de la nube calla y huye al levantarse 
el torso de MANSILLA.) 


— 100 — 


FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 


MANSILLA. — 

(Atisba un instante la lejanía; mira luego con admira> 
ción enternecida a su Caudillo , y por fin se tiende para 
un sueño confiadoJ 

Ya no vienen esos maulas. Voy a tenderme a gusto... 
Que no vale la pena perder por ellos el sueño. 

(Silencio.) 

MANSILLA. — 

(Soñando en vos alta.) 

¡Bárbaros... avisen, pues!... 

(Ríe fuerte y sus voces despiertan a FAUSTO que se 
sienta y escucha, pensativo.) 

¡No, no carece que ustedes se levanten de aonde están! 
Mientras en estos campos haiga un caballo, una vaca 
pa carniar, y un Caudillo... todavía habrá hombres 
sobre esta tierra... ¿Te reís? 

(Como sintiendo a alguien que le hablara.) 

¡No... está claro... y mientras haiga memoria de us¬ 
tedes!... Eso es; buscar al hombre... 

(Ríe.) 

¡Sí, anda como perdido!... * 

FAUSTO. — 

(Tomándole un brazo y sacudiéndolo hasta hacerlo des¬ 
pertar.) 

¿Con quién alegás, indio? 

MANSILLA. — 

(Todavía con el sueño en la vos y los ojos.) 

¿Eh?... ¡Ah!... 

(Sonriendo.) 

¡Cosas de dormido!... ¡Soñando, salté pa atrás en el 
tiempo! 

TELON. 

ESCENA SEPTIMA 

(Es el frente de la estancia visto en el Acto Segundo. 
El anochecer pone un tono dorado en el cielo y las co¬ 
pas de los árboles. Frente a la puerta del galpón, junto 
a las raíces del ombú, un grupo de paisanos entre los 
que se hallan JORGE MANSILLA, CORNELIO y un 
PAYADOR, se ocupan, unos en revisar sus armas gue¬ 
rreras, otros sus recados, mientras el Payador templa 
la guitarra. Junto a la palma, el grupo de oficiales en¬ 
tre los que se ve a FERNANDO y EDUVIGES; sus lan- 


— 101 — 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


zas descansan recostadas en el alto y grueso tronco. 
Bajo el paraíso, sirviéndose de la mesa de piedra, ro¬ 
deando a AGUSTINA y ayudándola , CARMEN y LO - 
RETA se ocupan en envalijar un poncho de invierno y 
doblar cuidadosamente ropas blancas que guardan en 
maletas . Es visible el contraste entro la tranquilidad 
con que los hombres aguardan un definitivo instante 
próximo, y él apresuramiento febril con que las mujeres 
temen que las alcance sin haber terminado sus queha¬ 
ceres. Sobre la escena, dispersos, recados prontos para 
ensillar, ponchos arrollados, y algunas lanzas rústicas. 
Aunque ya se va haciendo la noche, sólo está encendida 
la luz roja dél fogón de los soldados.) 

CARMEN. — 

(Sin cesar en su trabajo. A AGUSTINA, bromeando.) 
¿Cómo, señora, este contento? Creí que iba a estar 
llorando. 

AGUSTINA. — 

(Con inquieta alegría.) 

¡Ay, mi hija, así somos.. . Qué se yo!... ¿Te crees que 
no siento lo que pueda pasarle? ¿Y a su edad? Pero, 
ahí lo tienes... 

CARMEN. — 

(Inquieta.) 

Estoy temblando de pensar que a Máximo le haya pa¬ 
sado algo y no llegue a tiempo. 

AGUSTINA. — 

(Consigo misma.) 

Me da vergüenza... Yo debía ser más fuerte y pedirle, 
aunque sea de rodillas... ¿Pero quién ata ya sus pasos? 
Ni la vejez, ni el desengaño... ni su misma voluntad. 
¿Cómo habría de ser más fuerte mi ruego? Cuando él 
está distraído, una piensa bien y por sí misma, sus co¬ 
sas. Pero cuando el enojo o la alegría le avivan la 
mirada y le empujan a la acción, todas mis palabras se 
me pierden y se secan mis lágrimas en esta alma pres¬ 
tada que su entusiasmo levanta dentro de mí. 
LORETA. — No ve Fernando, también; él, que no iba ni 
atao!... Los llama la guerra como una querencia... 
¡Ah!... 

(Y se aparta del grupo y va, ocultándose, a enjugarse 
con el delantal las lágrimas que turban su mirada.) 


— 102 — 





FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 


PAYADOR. — 

(Acompañándose de la guitarra , canta.) 

Ya está Garay a caballo 
¿Quién acortará sus rumbos? 

El miedo va a su vanguardia 
Quebrando los enemigos. 

Puntea la muerte en su lanza 
Largos caminos de espanto. 

(Un brusco silencio exerra los labios del PAYADOR , ca- 
lla las voces de su guitarra y el animado comentario 
que movía los gestos de todos. Graves los rostros , des- 
cubiei'tas las cabezas , tiesos los cuerpos, ahora todos los 
hombres están de pie. Es que FAUSTO GARAY en cuya 
blanca melena al viento clarea la mortecina luz de la 
tarde , ha llegado al patio desde el campo . El viejo 
MAN SILLA le sigue en la sombra que el crepúsculo 
alarga del recio cuerpo del Caxidillo.) 

FAUSTO. — 

(Su paso es más vivo que minea; su mirada alegre; la 
voz ágil y sonora. Dirigiéndose a uno de los oficiales. 
Bromeando.) 

¿Qué hay, Martín Cristo ¿Todavía bailan tus güesós? 
MARTIN. — 

(Dichoso de ser objeto de aquella jovialidad.) 

Pa seguirlo a usté... 

FAUSTO. — No; digo si todavía te gustan los pericones... 
pa no mandarte de bombero a donde haiga rancho 
cerca. 

FERNANDO. — 

(Es la primera vez que su gesto y voz tienen una ilu¬ 
minada alegría.) 

¿Le gusta la danza, General? 

FAUSTO. — Por bailar una noche, él y Pedro el Malevo 
cayeron en los maneadores enemigos. Y a mí, al otro 
día, me sorprendió Latorre. 

MARTIN. — 

(Riendo ante el recuerdo.) 

¡Cosas del Malevo... que en paz descanse! 

FAUSTO. — 

(Al PAYADOR.) 

Me parece que en tu guitarra no va a sonar más música 
que la del viento, cuando la llevés a la espalda. 


— 103 — 





JUSTINO ZAVALA MÜNIZ 


PAYADOR. — 

(Ahora es de él la alegría que gozó MARTIN.) 

¿Le parece, General? 

FAUSTO. — Es que nos van a pisar los talones desde que 
salgamos del pago. 

PAYADOR. — Será una música bárbara, a la que habrá que 
buscarle un compuesto. 

FAUSTO. — 

(Acercándose a las mujeres para ir, seguido de AGUS¬ 
TINA, a entrar en la casa.) 

No precisa tanta cosa en la maleta. 

¡No estamos de mudanza! 

AGUSTINA. — Mansilla sabrá llevarte todo. 

(A MANSILLA, que viene en pos de ambos.) 

¿Lleva la plancha? 

MANSILLA. — 

(Grave como nunca.) 

Yo no me olvido de nada. En cuarenta años que vamos 
juntos, ¿todavía no voy a saber lo que él carece? 
FAUSTO. — 

(A CARMEN.) 

¿Vendrá su marido? Mejor será que se quede. Le va a 
moler el caballo. 

CARMEN. — Me tiene inquieta; ya debía estar aquí. ¿Ha¬ 
brán detenido a la diligencia? 

FAUSTO. — 

(Ya entrando, seguido de su mujer y MANSILLA.) 
Todavía no. Pueden, eso sí, haberle arriao alguna tro¬ 
pilla. 

(Los hombres vuelven a ponerse los sombreros, y a for¬ 
mar sus ruedas. A poco sale del zaguán MANSILLA 
trayendo la lanza del Caudillo. Con gesto grave y or¬ 
gulloso, apoyado en ella, quédase guardando la puerta 
por donde ha entrado su jefe.) 

JORGE. — 

(Ha visto a su padre tener la lanza, y decidido se ha 
puesto de pie y llega hasta él.) 

¡Traigalá... ese trabajo es mío!... 

MANSILLA. — 

(Despectivo y sin dignarse hacer el más leve ademán.) 

¿Desde cuándo? 


— 104 — 


FAUSTO GARAY —UN CAUDILLO 


JORGE. — 

(Con asombro.) 

Desde la pasada, pues. 

MANSILLA. — 

(En el mismo tono de antes.) 

Cuando yo no iba. 

JORGE.— 

(Tendiendo la mano como si fuera a tomar el arma en 
que se apoya su padre.) 

¡Tata, no me quite ese trabajo... que yo me lo gané! 
MANSILLA. — 

(Impasible el gesto, aunque enérgica la vos.) 

¡Retiresé, canejo! ¿No está viendo que soy sargento? 
¡Respete, pues! 

JORGE. — 

(Vacila antes de alejarse lentamente.) 

Ta bien... ¡pero no es justo! Si no juera por su ca¬ 
tegoría ... 

AGUSTINA. — 

(Su vos desde una de las ventanas. Ya la alegríh del 
acento se siente empañada de tristeza.) 

¡Fernando!... 

FERNANDO. — 

(Poniéndose de pie.) 

Señora... 

(Camina en dirección al zaguán.) 

AGUSTINA. — Te llama tu padre. 

CARMEN. — 

(Señalando al campo.) 

¿Aquél no es Máximo, Loreta? 

LORETA. — Sí, pues; ahí viene llegando. 

CARMEN. — 

(Mientras sale al encuentro de su marido.) 

Jorge, lleve estas cosas de Tata. 

JORGE. — 

( Obedeciendo.) 

No vaya a querer mi padre, también quitármelas. 
FERNANDO. — 

(Vtuelve del zaguán y de pie en el centro del patio, dice 
con la más alegre voz.) 

¡Compañeros: a caballo! 


— 105 — 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


(En breves momentos quedan solos en la escena , MAN - 
SILLA apoyado en la lanza y LORETA que va de un 
lado a otro con creciente dolor.) 

ESCENA OCTAVA 


CARMEN. — 

(Se oye su voz acercándose.) 

¡Creí que no llegabas a tiempo!... ¡Me moría de im¬ 
paciencia! 

MAXIMO. — 

(Viene con traje de montar. Trae huellas, en el andar 
y el gesto, de un extenuante cansancio.) 

Yo también lo creí. ¡Las leguas que he recorrido entre 
ir y venir! ¿Está ahí el General? 

CARMEN. — Sí, está adentro. 

MAXIMO. — 

(Sentándose en el banco más próximo.) 

Bueno... 

(Vacila.) 

Vamos a ver cómo lo detengo. 

CARMEN. — 

(Sorprendida.) 

¿A quién? 

MAXIMO. — A él, pues. 

CARMEN. — 

(Todavía sin comprender.) 

¿Detenerlo en qué? 

MAXIMO. — 

(Como si no advirtiera el asombro de su esposa.) 

Han discutido mucho, medido y pesado, y vuelto a me¬ 
dir, todas las circunstancias. Y sin el ejército y el di¬ 
nero que se había prometido, y los diarios cerrados... 
¡No es posible! 

CARMEN. — 

(Entre el asombro y la indignación.) 

¿Qué no es posible? 

MAXIMO. — La revolución. 

CARMEN. — ¿Pero están locos? ¿No eran ellos que la 
querían? 


— 106 — 


o 


FAUSTO GARAY — UN CAUDILLO 


MAXIMO. — Si.. . pero las circunstancias... 

(Al apercibirse del torno de disputa que va adquiriendo 
el diálogo entre los esposos, MANSILLA vase sin ser 
notado hacia el campo.) 

CARMEN. — 

(Entre el reproche y el ruego.) 

¡Máximo!... ¿Pero y los hombres? ¡Tú no crees en 
ellos! 

MAXIMO. — Sería el sacrificio... 

CARMEN. — ¿Qué cosa grande ha hecho el hombre, sin 
sacrificio? Sólo cree que no sufre, ni lucha, cuando es 
esclavo. 

MAXIMO. — 

(Poniéndose de pie.) 

Bueno; será preciso decírselo. 

CARMEN. — 

(Ya en el limite de la indignación.) 

¿Tú serás capaz? 

MAXIMO. — A eso vine. 

CARMEN. — % 

(Implorante.) 

¡Máximo... Máximo, esposo mío! Dime, insúltame, grí¬ 
tame lo que quieras... pero no cubras de vergüenza 
para siempre mi vida diciéndome que tú no vas! 

(Parece que va a arrodillarse.) 

Tú sabes que ya mi vientre perdió sus formas vírgenes, 
porque en él está naciendo un hijo tuyo. Nada hay para 
mí más sagrado que él, porque es tuyo!... 

(Con desolación.) 

Pero aún así, querría que no viniese al mundo, si su 
frente ha de nacer humillada por una deserción de su 
padre. ¡Quiéreme, Máximo, como yo te amo! 
MAXIMO. — 

(Sin decrecer en su enojo.) 

¿Qué amor es este tuyo, que en vez de la ternura arde 
en deseos de un bárbaro coraje? ¿Quién te ha dicho que 
es de mujeres el heroísmo? 

(Pretendiendo alejarse.) 

Yo no haré locuras por parecer un valiente. Sé lo que 
pienso. 


—107 — 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


CARMEN.— 

<Alzándose frente a él.) 

Y a ti, ¿quién te ha dicho que no es para nosotras la 
heroicidad? ¡A ustedes les cuesta! Por eso a toda cosa 
que hacen con doloroso esfuerzo, le llaman heroico, 
i Míranos a nosotras, en cambio, y avergüénzate de lo 
que has dicho! 

MAXIMO. — 

(Intentando herir con su desprecio.) 

¡Tú ya no eres una mujer... sino la hija de un caudillo! 
CARMEN. — De vientres como el nuestro, salió la sangre 
que hizo la libertad de esta tierra. Porque nosotras sí, 
somos la simiente de todo desinteresado heroísmo; está 
en la fatalidad de nuestro organismo de mujeres. Así 
damos nuestros hijos... 

MAXIMO. — 

(Siempre despectivo.) 

¡Y así quieren entregar sus esposos a la guerra!... 
CARMEN. — ¡A nuestros esposos y a nuestros hijos! Desde 
que un hombre quitó a otro lo suyo con injusticia, ¿qué 
más generoso heroísmo que el nuestro, preparando a los 
hijos para darlos a la muerte? ¡Ah, no los criamos para 
nuestro amor, si no para vuestro odio! 

(Desde la lejanía llegan las altas voces de un clarín lla¬ 
mando para la marcha.) 

MAXIMO. — 

(Sorprendido.) 

¿Qué es eso? 

CARMEN. — ¡La voz que te llama! 

MAXIMO. — 

(Mientras se pasea nerviosamente , ixi alejándose hasta 
desaparecer por el espacio entre el galpón y la casa.) 

Yo tendré que decírselo... ¡Esta conducta compromete 
las trata ti vas!... 

CARMEN. — 

(Siguiéndolo.) 

Los caballos ya hacen sonar las coscojas de sus frenos; 
vuela el viento en sus golillas; pesan las lanzas en las 
manos... ¡Qué discurso podrán oírte? 


—108 — 




FAUSTO GARAY-UN CAUDILLO 

MAXIMO. — 

(Consigo mismo. Desesperado. Ya a punto de desapa¬ 
recer.) 

¿Será posible que no escuche él la orden de los diri¬ 
gentes? ¿Y yo tendré que callármela? ¿Cómo haré? 
CARMEN. — 

(Yéndose tras suyo. Casi gritando.) 

¡Anda... aprieta bien tus manitas finas!... Tal vez 
consigas ahogar al pampero!... 

MAXIMO. — ¡Eres tan bárbara como ellos! 

CARMEN. — 

(Roto en llanto su enojo.) 

¡Y tú no eras mi marido! 

ESCENA NOVENA 

(LORETA anda en el patio, como una doliente figura 
olvidada. Así va del patio al galpón, de éste al ombú , 
de aquí al campo, y vuelve. Da la sensación de buscar 
algo que ha perdido, o aguardar impaciente a alguien 
que al mismo tiempo ella sabe que no vendrá, a cortos 
intervalos el delantal va secando las silenciosas lágrimas 
que ruedan por su rostro envejecido. Asi la encuentra 
FAUSTO, cuando asoma en el patio ya vestido para la 
marcha. Las ropas de guerrero del Caudillo son idén ■» 
ticas a aquellas que usaba cuando regresó en el Primer 
Acto.) 

FAUSTO. — Andá pa adentro, Loreta, y acompañá a la 
viejita. 

LORETA. — 

(Volviendo del paraíso hacia él zaguán.) 

Sí, señor. 

FAUSTO. — ¿Y Carmencita? 

LORETA. — 

(Deteniéndose.) 

Salió pa aquel rumbo, siguiendo a su marido. La sentí 
llorar a la pobre. 

FAUSTO. — Entonces no la llamés. ¿Pa qué hacerla sufrir? 
LORETA. — Su marido parece que no va. 

FAUSTO. — 

(Indiferente.) 

Estaba visto. 

(Adelantándose con los brazos abiertos.) 


— 109 — 




JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Bueno, china, dame el abrazo de la despedida. 

(Loreta no puede contener ya su emoción, y solloza 
fuertemente mientras se deja acoger entre los pliegues 
del poncho del Caudillo.) 

FAUSTO. — 

(Sorprendido. Paternal.) 

¿Y ahora vos también, china? ¿Por qué ese llanto? 
Cuando debías ser la más tranquila... En ésta no te 
llevo ninguno... 

LORETA. — ¡Por eso lloro, don Fausto! Ya no tengo nin¬ 
guno para darle... ¡y mi vientre reseco nunca más se 
lo dará! 

FAUSTO. — 

(Bondadoso.) 

Vamos, serénate. Ya diste cuanto tenías... Yo mismo, 
ésta será la última que me ve. 

(Pausa.) 

Creo que pa todos será así... 

( Orave.) 

Sí, la última... 

LORETA. — ¡Ay, don Fausto... siempre la última!... 

(Desolada.) 

¿Quién sembró la injusticia sobre la tierra? 

FAUSTO. — ¡Vaya a saber, china!... Nosotros hemos que¬ 
rido barrerla del campo... 

(Con tristeza.) 

Pero cambian las manos, y la sucia semilla sigue sien¬ 
do la misma. De un tiempo pa otro. 

LORETA. — ¿Cómo puede usté creer, entonces, que ésta 
será la última? 

FAUSTO. — ¡Ah!... si nos faltara esa esperanza... ¿Quién 
iría? 

(Y las dos frentes se abaten, unidas y bajo el peso de 
un mismo pensamiento.) 

TELON. 


— 110 — 



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^", o / ^' ¿ _--,- 



Música del estilo del Acto Tercero 
Compuesta por María Julia Garayalde de Zavala Muniz 





















1 

I 

OBRAS DEL AUTOR 

☆ 

"CRONICA DE MUNIZ" —1921 —(Agotada). 

"CRONICA DE UN CRIMEN" -1926— (Agotada). 

"CRONICA DE LA REJA" —1930— (Agotada). 

"LA CRUZ DE LOS CAMINOS" —Teatro, 1933— (/ 

"LA REVOLUCION DE ENERO" —1935— (Agotada). 

"BRUHAHA" —Novela brasileña de Pedro Motta Lima, Tra¬ 
ducción, 1937—(Agotada). 

"EN UN RINCON DEL TACUARI" —Teatro, 1938—. 

"FAUSTO GARA Y" —Teatro, 1942—, 


* ★ ★ 

EN PRENSA 

☆ 


'ALTO ALEGRE" —Teatro, estrenada en Buenos Aires, 1940— 



EDICIONES 
NUEVA AMERICA 


Tribuna del pensa¬ 
miento contemporáneo 
americano. 

Sin fronteras territo¬ 
riales, ni mentales, ni 
estéticas. 

Selección de calida¬ 
des. 

El espíritu del mun¬ 
do, luchando y recreán¬ 
dose sobre los campos 
de América. 

Novela y poema. Pe¬ 
ro también la ciencia, 
en sus proyecciones so¬ 
ciales, sin la cual no 1 
pueden comprenderse 
los fenómenos y las 
causas de nuestra civi¬ 
lización. 

Pensamiento urugua¬ 
yo, extendido hacia 
América. 



De América, difundi¬ 
do en el Uruguay. 

Del mundo cuando 
trabaja por nuestro des¬ 
tino. 




Ediciones 

NUEVA AMERICA 
Vol.: 9 












NUEVA AMERICA 

ACABAN DE APARECER EN SU COLECCION: 

★ 

PEDRO MOTTA LIMA 

BRUHAHA 

Traducción de Justino Zavala Muniz 
CIPRIANO SANTIAGO VITURE1KA 

ARTE SIMPLE 

PAUL VAILLANT COUTURIER 

LA DESGRACIA DE SER JOVEN 

Traducción de Alejandro Laureiro 
AGUSTIN MINELLI 

TEATRO 

JUSTINO ZAVALA MUNIZ 

EN UN RINCON DEL TACUARI 

FRANCISCO CURT LANGE 

IMPRESIONES ANDINAS 

GUSTAVO GALLINAL 

EL URUGUAY HACIA LA DICTADURA 

ADOLFO TEJERA 

PENETRACION NAZI EN 
AMERICA LATINA 

JUSTINO ZAVALA MUNIZ 

FAUSTO GARAY-UN CAUDILLO 


TAiietes g*afico5 "SUR" s a.